HOMENAJE A BARTOLOME MITRE

 

Mi pertenencia a la Institución Mitre me sirve de llave para entrar en la vida de Bartolomé Mitre, al recordar hoy su nacimiento.

Pero, además, la estrecha amistad entre Don Bartolo y mi cuarto abuelo, el Brigadier General Wenceslao Paunero, despierta, en mi, recuerdos y sentimientos que trataré de expresar como homenaje a la memoria de un gran argentino, artífice destacado de la organización nacional.

Mitre y Paunero se conocieron en Bolivia, donde vivían exiliados y a pesar de la diferencia de edad, emprendieron una relación que se prolongó hasta la muerte del segundo, en 1871. Fueron más de 30 años durante los cuales estuvieron estrechamente ligados no tanto físicamente cuanto en sus designios y labores en la tarea política, militar y gubernamental.

Como antecedente lejano de La Nación, Mitre participó, activamente, en otro diario fundado por Paunero en La Paz, llamado “La Época”. En una conocida carta Mitre le informa a su amigo la aparición de aquel diario que sigue siendo  tribuna de doctrina.

Permítanme una breve digresión, que tal vez sirva para trasmitir mi estado de ánimo cuando evoco a Mitre, como lo hacemos hoy. Mi abuela, bisnieta de Paunero, me contaba, siendo ya anciana, las visitas que hacía con su padre, a Mitre, en esta casa, para saludarlo por su cumpleaños. Lo hacía con la emoción de quien ha conocido a un grande y me trasmitió entonces ese sentimiento. Describía la postura de Don Bartolo cuando los recibía, el patio con sus plantas y la cantidad de visitas que lo saludaban.

Pero volvamos a Mitre en Bolivia. Por sucesos políticos internos partió hacia Chile y allí otra vez se reunió con Paunero y siguieron alimentando su amistad y comunión de ideas. Se sumaron Sarmiento y Alberdi. Las tertulias de los exiliados deben de haber sido interesantísimas, lo que anticipaba la conjunción de tres de los principales protagonistas de la organización nacional. Ello aún con las disidencias que tuvieron más tarde; conducta que debería imitarse en nuestros tiempos.

Años después, en 1861, Mitre escribe una carta en respuesta a la recibida por el gobierno de Buenos Aires, en la que al señalar sus propósitos en la campaña en la que estaba empeñado para combatir a sus adversarios del momento dice: “La política de la guerra es que una vez lanzados a ella, nuestro destino está irrevocablemente ligado al de la República Argentina. Tenemos que salvarnos o perecer con ella, haciendo predominar el espíritu liberal sobre las influencias del caudillaje. Esta es la política de remover obstáculos para que los diputados de Buenos Aires se incorporen al Congreso Nacional, sin mengua de nuestro decoro, de nuestra seguridad y de nuestros derechos, política que se traduce en estas palabras: Nacionalidad, Constitución, Libertad”.

Esa declaración en favor de la unidad de todos los argentinos bajo la libertad y la Constitución fue lo que siempre inspiró a Mitre en su vida, de lo que dan muestra acabada los permanentes esfuerzos en favor de una organización nacional con aquellas características y me aventuro a señalar que sus tertulias con Sarmiento y Alberdi debieron ser simiente e impulso de sus convicciones.

Es entonces, sobre esa base, que el pensamiento de Mitre sigue estando vigente, sobre todo en épocas de turbulencia política. La búsqueda permanente de la armonía, aún en momentos dramáticos, debiera ser estandarte de las batallas electorales, que se están desarrollando en estos días y que continuarán hasta casi fin de año.

El enfrentamiento generado por visiones y propósitos diferentes, debería transitar por carriles menos agresivos, para evitar que se ahonden heridas del pasado.

El lenguaje cuasi soez de algunos protagonistas de la contienda política, sobre todo en épocas electorales, debería ser sustituido por propuestas de acciones de gobierno, estudiadas, debatidas y consentidas por los partidos y difundidas de modo claro y sencillo para ilustración de la ciudadanía.

Con estas reflexiones termino mi evocación de un gran argentino, en el día de su cumpleaños.

 

Por Guillermo V. Lascano Quintana