La reciente turbulencia financiera ha llevado al Gobierno a buscar el apoyo del FMI, a convocar a un diálogo con la oposición sobre los temas fiscales, y a reorganizar el mecanismo de toma de decisiones económicas. Todo esto ha generado una variedad de reacciones y comentarios, que como sucede en un país como el nuestro, con una democracia activa y participativa, cubren diversas visiones. Estas líneas procuran contribuir a ese diálogo.

En diciembre de 2017, en estas páginas, había argumentado que la idea de “gradualismo” no se debía interpretar solamente desde lo fiscal sino mirando el conjunto de las políticas macroeconómicas.

Asimismo, en esa nota argumentaba que lo que algunos llaman “ajuste,” no abarca solamente lo fiscal, y es muchas veces el resultado implacable de la partida doble contable: si gasto más que mis ingresos, me endeudo o vendo activos; y si no me prestan más, o no tengo más activos para vender, tengo que re-balancear (“ajustar”) ingresos y egresos.

Lo que requiere sabiduría económica y política es cómo lograr que ese re-balance sea eficiente (es decir, que ponga las bases para el crecimiento y la expansión del empleo) y justo (que se proteja a los que menos tienen).

En este sentido, diferentes observadores han planteado preguntas relevantes como por qué se bajan impuestos a ciertas exportaciones cuando eso aumenta el déficit fiscal, lo que, o fuerza recortes en otros gastos (quizás más importantes para el crecimiento y la equidad), o, dicho déficit, combinado con una política monetaria contractiva, termina apreciando el tipo de cambio y deja a las actividades de exportación igual o peor que antes.

Por ende, la discusión que se viene ahora, con o sin el FMI, es cómo articular las variables económicas y sociales de una manera eficiente y justa.

En mi opinión, el Gobierno está yendo en la dirección correcta, al reconocer que había puesto metas de inflación muy estrictas que eran incompatibles con la evolución de las cuentas fiscales, y al llamar a un acuerdo político para ordenar éstas últimas.

Respecto de la reorganización de la toma de decisiones, es importante, más que un súper-ministro, el tener una planilla de cálculo única, donde todas las decisiones y variables estén consideradas en un marco de consistencia macroeconómica integral.

El FMI va a venir con su propia planilla de cálculo; más vale que nosotros tengamos la nuestra preparada y conversada de la manera más inclusiva posible. Y sería aún más útil plantear una discusión amplia alrededor de un programa general de desarrollo y equidad, y no solamente los aspectos fiscales.

Obviamente ese programa debería tener una variedad de componentes que no se pueden discutir en estas breves líneas. Acá me voy a centrar solamente en una variable que desde hace muchas décadas desvela a los argentinos: el tipo de cambio.

Mi exprofesor, el recordado Guido Di Tella, había notado en un artículo en 1987 que el tipo de cambio en la Argentina históricamente se movía en dos fases: una de represión” cuando se lo usaba como instrumento anti inflacionario, y otra de aflojamiento (o “explosión”), cuando, por razones de la apreciación del tipo de cambio, se generaba un déficit en las cuentas externas, lo que junto, usualmente, con el empeoramiento de las condiciones económicas globales, llevaba a una devaluación traumática.

Ese análisis lo extendimos con un coautor hasta fines de los 90 en un libro que publicó el BID en 2001, donde se mostraba la continuación del “ciclo Di Telliano”, aún antes de la súper explosión del fin de la Convertibilidad en enero de 2002.

Como toda devaluación brusca y profunda, la salida de la Convertibilidad generó una dolorosa recesión. Pero luego se inició un sostenido período de alto crecimiento, el que, si bien fue ayudado por las condiciones externas, también se apoyó en un tipo de cambio competitivo y en el doble superávit fiscal y de las cuentas externas (que, en no menor medida, estaban ligados a ese tipo de cambio competitivo).

Eventualmente, el tipo de cambio pasó a ser utilizado nuevamente como instrumento anti inflacionario, especialmente desde el segundo gobierno de Cristina Fernández y ahora más recientemente.

Este uso del tipo de cambio ha reavivado los ciclos de represión/explosión de los que hablaba Guido: hemos tenido tres episodios desde entonces: en 2014 y 2016 (ambos ligados a los desbalances macroeconómicos del gobierno anterior, aunque la segunda devaluación la ejecutó el gobierno actual), y en 2018.

Es verdad que las devaluaciones son dañinas, pero son el resultado de haber dejado apreciar el tipo de cambio por usarlo para frenar la inflación, lo que lleva a desequilibrios macroeconómicos que, de una u otra manera se balancean: o con políticas proactivas, eficientes y justas de los gobiernos, o “a las malas”, por movimientos en los mercados.

Ojalá que en este período de diálogo y análisis que el Gobierno ha abierto con mucho acierto se incluya, además del ordenamiento de las cuentas públicas, el compromiso de eliminar de una buena vez el ciclo de represión y explosión del tipo de cambio, asegurando un tipo de cambio ajustado por inflación razonablemente estable y competitivo.

Este “cambio cultural” ayudaría a eliminar un elemento central de la enorme volatilidad histórica del crecimiento y de la recurrencia de crisis en nuestro país, que tanto daño han causado.

 

* Eugenio Díaz-Bonilla es economista y profesor de la George Washington University

Fuente: Clarin.com