Estamos en Cerrillos, a 15 kilómetros de la Ciudad de Salta. Entramos a una casa
construida en 1954. Después de atravesar una tupida y alta arboleda, recostada a metros de
uno de los cerritos que festonea el paisaje, aparece como brotada de la tierra, un salón
biblioteca. Tiene la apariencia de un navío varado en el verdor del suelo de ese cerrito,
apéndice de la Sierra del Mojotoro, cuyas rocas tienen 470 millones de años. De noche, su
aspecto de nave es más intenso: irradia luz por sus 36 ventanas, sus ojos de buey.
La puerta se abre y deja paso al asombro, al encantamiento. El olor los libros, el silencio,
los muebles, los objetos y el laberinto de estantes, primero paralizan y luego incitan a
entrar en él. En un mueble donde se guardaban fideos, harina y azúcar sueltos, cuelga una
frase: “Más que nunca necesitamos al libro, pero los libros, a su vez, nos necesitan a
nosotros. ¿Qué privilegio más bello que el de estar a su servicio?", se preguntó George
Steiner.
Con más 50.000 libros, folletos, publicaciones periódicas, documentación, imágenes,
recortes de prensa permanentemente actualizados, fotos y postales antiguas, mapoteca,
discos de pasta y de vinilo, la Biblioteca Privada “J. Armando Caro” está considerada una
de las colecciones privadas más importantes de la Argentina. Lleva el nombre de J.
Armando Caro (1910-1985), “en homenaje a su persona y reconocimiento a su límpida
trayectoria pública”, dice su hijo Gregorio.
Especializada en información sobre el Noroeste argentino y la región andina centro
suramericana, está ubicada en Cerrillos, a 15 kilómetros de la ciudad de Salta. Es una
biblioteca privada de acceso semipúblico, sin fines de lucro. En su salón principal, de 126
metros cuadrados y 5 metros de altura, es uno de los pocos construidos en Salta para ser
destinado a biblioteca; fue diseñado incorporando criterios de conservación preventiva.
Está emplazado en un parque que añade valor natural al cultural. En ese salón, además de
los libros y objetos, destaca su mobiliario antiguo y sobrio: un mostrador “art nouveau” de
comienzos del siglo XX, escritorios, armarios y exhibidores.
A ese salón se añaden diez ambientes con otras tantas secciones especiales, entre ellas, una
hemeroteca donde se conservan periódicos de Salta de los siglos XIX y XX y una colección
de las ediciones en papel del diario “La Nación”, desde su fundación por Mitre en 1870
hasta el año 1929.
Nació en 1968 de la imaginación de Lucía Solís Tolosa y Gregorio Caro Figueroa, entonces
estudiantes universitarios en Tucumán. Un puñado de libros, que no llegaban a los 50,
fueron los primeros que dieron el cimiento a esta biblioteca. Se sostiene exclusivamente
con aportes de sus fundadores y directores. Desde su origen, a lo largo de 50 años, se fue
acrecentando con donación de particulares y de bibliotecas privadas del país. No gestionó
ni recibió fondos, libros ni bienes de organismos gubernamentales.

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“Esta es una obra de amor e inteligencia”, dijo de ella Félix Luna en 1998. Marcos Aguinis
la llamó “tesoro escondido” en un extenso artículo publicado en 2008 en el diario “La
Nación”. “Esta es la biblioteca del Norte”, opinó Ignacio Colombres. En 2016, Alberto
Manguel escribió: “Un maravilloso viaje de exploración de un lector excepcional”.
Para Carlos Fayt, salteño que fue presidente de la Corte Suprema y que la visitó en 2009,
entrar a esta biblioteca fue ingresar “a una pequeña catedral que contiene lo mejor de la
obra de quienes han honrado la investigación histórica, sociológica y política de Salta, la
Nación argentina y lo universal de la cultura”.
Fue visitada por cuatro ex directores de la Biblioteca Nacional y por Edwin Harvey uno de
los fundadores del Fondo Nacional de las Artes; José Edmundo Clemente, subdirector de
la Biblioteca Nacional en la gestión de Borges; por bibliotecarios y escritores argentinos.
Entre ellos, Félix Luna, María Sáenz Quesada, Pedro Barcia, Abel Posse, Juan
CarlosPortantiero, María Ester Vázquez, José Ignacio García Hamilton, Horacio Armani,
Haydee Frizzi de Longoni, Iris Rossi, Ignacio Colombres, Lucrecia Martel, María Ester de
Miguel, Juan José Llach, Eliana de Arrascaeta, Joaquín Gianuzzi, Juan Carlos Torre,
Carlos Campos, Vicente Massot, Jaime Correa, José Luis Spert, Marta Campomar, Miguel
Bravo Tedín, Juan Bautista Yofre, Juan José Sebreli y Guillermo Lascano Quintana.
Sobre un mueble de un viejo almacén asoma “Mi refugio”, poema que escribió Néstor
Groppa en 1997:
“Este es el refugio
Con mis viejos diarios
y mis viejos libros.
El atizado aroma de sus vejeces
la atenta palidez de la antigüedad
el trasluz de sus corazones.
Aquí me refugio del mundo
y de mí”.
“Esta es una especie de Casa de los Libros Expósitos. Aquí miles de libros encuentran
abrigo y cuidado. Son alimentados pero también alimentan a quienes vienen a consultarlos
No somos coleccionistas de libros ni bibliófilos. Lo que hay aquí no son joyas para ostentar.
Estos libros son, a la vez, semillas y herramientas de trabajo no solo para nosotros sino
para cientos de personas que durante años vinieron aquí”, dicen Lucía y Gregorio.
Antes de terminar nuestra visita, añaden: “En 50 años de incertidumbres, y dieciocho
mudanzas, esta biblioteca es un ancla pero también la vela de una nave cuya hoja de ruta
apunta al futuro. Por eso hemos colocado aquí lo que dijo T. S. Elliot: "La sola existencia de
las bibliotecas ofrece la mejor evidencia de que aún podemos tener esperanza sobre el
futuro del hombre".-