Por Norberto Padilla

Señor Legislador don Eduardo Santamarina, señora Legisladora Estevarena.

Señor Presidente del Club del Progreso,

Señoras, señores, amigos todos.

Me ha pedido nuestro amigo Guillermo Lascano Quintana que presente al autor y a la obra que nos reúnen esta tarde. Isidoro J. Ruiz Moreno es conocido, querido y valorado por todos, lo que no hace fácil mi tarea. Empezaré entonces con lo que tiene que ver con los afectos, no con el curriculum. Llegué a la amistad con él a través de mi hermano Alejandro Jorge Padilla, nueve años mayor que yo, un apasionado conocedor del pasado argentino y comprometido docente y ciudadano, lo que hacía que ambos tuvieran mucho que compartir y yo que aprender.

Hablaremos de las últimas tres generaciones de servicio al país que preceden a Isidoro. El bisabuelo, Martin Ruiz Moreno, amigo, consejero y ministro de Urquiza, cuya frecuente correspondencia conserva, atesora diría, el bisnieto, y que es una de las fuentes del libro, claramente fruto de largos años de estudio e investigación. Fue don Martín, al decir de Zorraquín Becú, un prolijo historiador, que se refleja en una obra que versa sobre lo que vivió desde la intimidad, “La Organización Nacional”. El abuelo, primero del nombre, fue designado en 1926 por Ángel Gallardo Asesor Político y Legal de la Cancillería Argentina, cargo en el que prosiguió hasta el reemplazo de José María Cantilo, presidencia de Ortiz, por Enrique Ruiz Guiñazú presidencia de Castillo. Tratadista de Derecho Internacional y académico de Derecho, también lo fue su hijo, que la presidió, a quien tuve de profesor en la Facultad de Derecho en los años 60 del siglo pasado, acompañándolo en la cátedra los Dres. Domingo Sabaté y José Ma. Ruda. Isidoro Jorge Ruiz Moreno por su parte estudió y se doctoró en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, fue profesor en su “alma mater” y en la Escuela Superior de Guerra. Integra desde 1992 la Academia Nacional de la Historia, y desde unos años después la de Ciencias Morales y Políticas donde ocupa el sitial que lleva el nombre de Bernardino  Rivadavia, prócer tan incomprendido como visionario, muerto en Cádiz en el exilio y la pobreza, a quien Mitre llamó “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”. Es miembro correspondiente de academias del extranjero y de número del Instituto Nacional Sanmartiniano. Fue el primer Lugarteniente nombrado por la Orden de Caballería del Santo Sepulcro para la restauración de la misma en la Argentina. Sus trabajos, premiados por la Academia Nacional de la Historia, entre otras instituciones de primera línea, han abordado particularmente el período fundacional de la Organización Nacional, a cuyos estudios dedicó una revista de prestigio, así como sobre la primera misión diplomática de Alberdi, en el Reino de España y el tratado de reconocimiento de la Independencia, la capitalización de Buenos Aires, y  otras de similar importancia. Entre lo que del siglo XX de la historia argentina lo atrajo cito dos obras de referencia.  Primero, sobre el conflicto del Atlántico Sur con “Comandos en acción – El ejército en Malvinas” y luego sobre la Revolución de 1955, en dos volúmenes, exhaustiva investigación tanto en los aspectos políticos como militares, en los que, sin perjuicio de su clara y terminante posición sobre el régimen allí derrocado, reconoce también el mérito castrense de las fuerzas que le eran leales. En su reciente ‘’Crímenes políticos”, el último de ellos es el proceso que culmina con el asesinato de Urquiza en el Palacio San José. Agrego la mejor línea de su biografía, es casado con Nora Racedo, ella misma de tradición militar por su abuelo el general Eduardo Racedo, juntos fundaron una familia que se extiende en  hijos y nietos.

Ruiz Moreno dedica a Justo José de Urquiza una biografía digna de una de las figuras más decisivas y trascendente de nuestra Historia. En sus palabras, la tarea que emprendió fue sobre alguien cuya vida es poco conocida y mal interpretada la actuación. Quiero, sin pretender agotar la lista, recordar a quien dedicó a Urquiza valiosos estudios, la entrerriana Beatriz Bosch, también académica de la Historia. Su obra “Urquiza y su tiempo”, de 1971, la tenía entre manos a principios de abril del año siguiente con la angustia de dos crímenes, el empresario Sallustro y el general Sánchez por un lado y la felicidad de mi estreno como padre.  Cuarenta y cinco años después gracias a Isidoro Ruiz Moreno con esta obra sobre una figura a quien mucho admiro, me ha permitido saber más y descubrir nuevas facetas del hombre y el estadista. En Buenos Aires la gloria a este prócer le fue esquiva, como lo fue para quien estuvo tan cerca suyo aunque creo que no tuvieron la oportunidad de darse la mano, Juan Bautista Alberdi. El monumento a Urquiza, en la intersección de  las avenidas Sarmiento y Figueroa Alcorta, se inauguró en 1958, en tanto que autor de las “Bases” tuvo que esperar que, en Constitución, bien elegido el lugar, recién se inaugurase el suyo en 1964. Fechas tardías para lo que cada uno fue para el país. Esta referencia edilicia me permite citar un intercambio fundamental entre ambos. Desde Valparaíso el 30 de mayo de 1852 el tucumano Alberdi envió al gobernador entrerriano las “’Bases y puntos de partida para la Organización Nacional”, algo decisivo para el programa de la Constitución.

Alberdi le escribe: “Deseo ver unida la gloria de V. E. a la obra de la Constitución del país; mas, para que ambas se apoyen mutuamente, es menester que la Constitución repose sobre bases poderosas. Los grandes edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino porque están cimentados sobre granito; pero la historia, señor, los precedentes del país, los hechos normales, son la roca granítica en que descansan las constituciones duraderas. Todo mi libro está reducido a la demostración de esto, con aplicación a la República Argentina”.

 

Desde Palermo, Urquiza le responde el 22 de Julio siguiente

“La gloria de constituir la República debe ser de todos y para todos. Yo tendré siempre en mucho la de haber comprendido bien el pensamiento de mis conciudadanos y contribuido a su realización.

A su ilustrado criterio no se ocultará que en esta empresa deben encontrarse grandes obstáculos. Algunos, en efecto, se me han presentado ya; pero el interés de la patria se sobrepone a todos. Después de haber vencido una tiranía poderosa, todos los demás me parecen menores.

¡Qué la República Argentina sea grande y feliz, y mis más ardientes votos quedarán satisfechos!”

Vayamos a cuando esta historia comenzó.  Urquiza nació en 1801 en Arroyo de la China, en el agreste y casi despoblado suelo entrerriano, como lo describe Ruiz Moreno, de padre español y madre criolla. Ella era de familia de pocos recursos pero de alcurnia que entroncaba con primeros pobladores de estas tierras. El autor sigue aquí el estudio sobre la ascendencia materna del prócer de nuestro recordado amigo común Fernando Madero, cuyos trabajos recopiló con el título “Entre la genealogía y la historia”. Isidoro es miembro vitalicio desde 1972, como Madero y quien les habla en fechas posteriores, del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. Es emocionante el homenaje  que Urquiza tributó a sus padres, José Narciso de Urquiza y Álzaga y Cándida García y González, al trasladar sus restos a la iglesia de Concepción del Uruguay, con palabras cálidas y llenas de gratitud propias de un hombre que honra a su padre y a su madre como manda la Ley de Dios. De su relación con diversas mujeres, algunas de importantes familias como López Jordán y Calvento, tuvo  descendencia, sobre la que ha habido cifras de hijos que el  autor demuestra que son fantásticas con documentación indiscutible. Ya en la presidencia regulariza su relación con Dolores Costa con la peculiaridad de que, por haber atestiguado el enlace un solo testigo, tuvo el cuidado de sanear el defecto una década después. Cuando cae la noche del 19 de abril de 1870, expira en los brazos de Lola, luego Sra. de Sáenz Valiente, cuya madre y esposa del general, estaba en una habitación vecina. No debe olvidarse por cierto a los hermanos de don Justo José, en primer lugar Cipriano, el mayor, que lo inicia en la política. En este momento quisiera recordar con mucho cariño a las nietas Campos Urquiza a quienes conocí de chico, Amalia y Blanca,  ambas señoras de  Amadeo Artayeta, y Justa, soltera, que decía que su baja estatura se debía a que estaba “aplastada por el peso de la gloria”.

Como buen historiador militar que es, Ruiz Moreno hace un amplio y completo panorama de las luchas civiles interprovinciales e internas antes y durante el gobierno de Rosas, que tuvo hacia él una creciente desconfianza, al menos desde el Tratado de Alcaraz. Y  con razón,  ya que 1851  comienza  con la negativa de la provincia de Urquiza a renovar la delegación de las relaciones exteriores en el Restaurador. Siguen tres batallas decisivas para el futuro de la Nación. El 3 de febrero de 1852, Caseros, el hecho directo e inmediato que precedió a la Organización definitiva, tras la que las fuerzas vencedoras entran en Buenos Aires, aclamadas por las versátiles, entusiastas, y quizás atemorizadas, multitudes. Cuántas veces en mis clases evoqué al victorioso General Urquiza desfilando por las calles porteñas de galera y poncho, lo que tendré que cambiar pues Ruiz Moreno demuestra que para la ocasión vistió uniforme militar. La designación como gobernador de uno de los grandes prohombres, Vicente López y Planes en vez del unitario Valentín Alsina, mostró a la claras que era un momento superador de la dicotomía, la brecha diríamos hoy, entre unitarios y federales. En San Nicolás de los Arroyos Urquiza revela una vez más su talento: los convocados son los gobernadores, entre ellos mi antepasado Celedonio Gutiérrez, de Tucumán, que no le habían ahorrado calificaciones de inmundo salvaje traidor. Ellos asientan en San Nicolás el último de los pactos preexistentes a nuestra Constitución. Pero en la Legislatura porteña se produce un debate memorable, en los que algunos que habían votado facultades extraordinarias a Rosas denunciaban el advenimiento del  Director Provisorio como el de un autócrata y logran el rechazo del Acuerdo. Las heridas no fueron fáciles de cerrar, tan así que en las inmediaciones de este club en su sede de entonces pudo haber sido  escenario del asesinato de Urquiza a manos de un grupo de jóvenes porteños que conducía el futuro vicepresidente de Sarmiento, Adolfo Alsina, cuyo padre, horrorizado por lo que venía a saber, disuadió a los implicados. La siguiente batalla fue la de Cepeda, en la que el presidente Urquiza llevó al triunfo a las fuerzas nacionales.  Con la eficaz mediación de Francisco Solano López, hijo del presidente paraguayo y luego sucesor,   alcanza la firma el Pacto de San José de Flores por la que Buenos Aires se incorpora a la Confederación. Para hacerla posible, se lleva a cabo la reforma de 1860, precedida por la convención del Estado de Buenos Aires que fue, con voces como las de Mármol, Mitre, Vélez (constituyente de 1824/26), Félix Frías, Sarmiento, fue el primer curso de Derecho Constitucional que tuvimos ya que cada artículo fue discutido y revisado en un debate de la mayor excelencia, con una grandeza de miras inimaginable hoy. Llegamos a Pavón, muy poco después pero con  muchos cambios. Uno, que Urquiza concluyó su presidencia y, para frustración de muchos de sus partidarios en el interior, además de aconsejárselo  Alberdi, se negó a una reforma constitucional que le habilitara otro sexenio. El nuevo presidente era cercano a Urquiza, el Dr. Santiago Derqui, que sintió que el mando lo tenía él pero el poder seguía en manos de su predecesor y para afirmarse emprendió negociaciones con la estrella en ascenso, el gobernador Bartolomé Mitre. El autor es severo en sus juicios sobre ambos, que por momentos no dejan al lector tomar distancia para interpretar y comprender por sí mismo. Lo cierto es que Derqui entra en colisión con Mitre habiendo perdido la confianza de Urquiza. Es el peor escenario, cuyas consecuencias se saldan en Pavón. Ruiz Moreno describe con abundantes cartas y documentos, lo que llevó a Urquiza a retirarse del campo de batalla. Esta parte es del mayor interés, por el estudio de una etapa creo que poco conocida entre la batalla y la disolución de los poderes nacionales, la asunción de los mismos por el gobernador de Buenos Aires, la elección que lo lleva a la presidencia y el proyecto político liberal que se impondrá por las buenas o por la malas al resto del país. De ahí en más viene un final ineluctable. Sin embargo, aún en estos momentos de declinación, Urquiza deja lecciones  para los argentinos. El reconocimiento y sujeción a las autoridades constituidas encarnadas por los presidentes Mitre y Sarmiento, así como su conciencia de que ante el suceso bélico con Paraguay, y pese a lo que muchos esperaron, no cabía  sino alinearse como un país unido. Una lealtad y coherencia que no es ni ha sido siempre la regla después.

En la obra que comentamos a las dotes del militar que era pese a carecer de otra formación que la experiencia que acumulaba, se une la generosidad y clemencia hacia el vencido e incluso presta ayuda económica al exiliado de Southampton. La ejecución de Martiniano Chilavert al día siguiente de Caseros, es descripta a través de testimonios directos con los que el autor desvirtúa la crueldad que de ese hecho relató Saldías y tras él toda una línea historiográfica.

 

Hemos dicho algo sobre la tragedia del 11 de abril de 1870 en la que se puso fin a la vida del primer presidente constitucional argentino, que no era, Ruiz Moreno lo aclara con justicia, parte prevista del alzamiento de López Jordán.

 

Habían pasado casi 17 años desde “por la Santa Cruz en la que se inmoló el Redentor del mundo”, fórmula elegida por Urquiza, fue jurada  la Constitución. En la iglesia matriz de Catamarca se escuchó  “una gran voz” al decir de Salvador María del Carril, vicepresidente de Urquiza, LA del franciscano Mamerto Esquiú,  en ese sermón que siempre es bueno releer. Hacía allí el paralelo con lo que siguió al 9 de julio de 1816 y el de la misma fecha de 1853 y exclamaba:

¡Dios santo! ¡Treinta y siete años; como treinta y siete siglos han sido ese día!”. Y prosiguió:

“Enjuguemos las lágrimas, y alejando nuestra vista de lo pasado, tendámosla por el porvenir de la gloria nacional, que el 9 de julio ha creado en su doble acontecimiento. la libertad sola, la independencia pura no ofrecían más que el choque, disolución, nada; pero cuando los pueblos, pasado el vértigo consiguiente a una transformación inmensa, sosegada la efervescencia de mil intereses encontrados y excitados por un hombre de la providencia, se aúnan y levantan sobre su cabeza el libro de la ley, y vienen todos trayendo el don de sus fuerzas, e inmolando una parte de sus libertades individuales, entonces existe una creación magnífica que rebosa vida, fuerza, gloria y prosperidad: entonces la vista se espacia hasta las profundidades de un lejano porvenir.

Tal es el valor de la acta de nuestros padres reunidos en Tucumán, y la de su complemento, la constitución hoy promulgada y jurada. ¡Descansen ellos rodeados de gloria! ¡Gratitud eterna al amigo fiel de la patria! ¡Urquiza, ilustre ciudadano, tu nación te debe la vida!”

 

Sólo cabe agregar el reconocimiento a Isidoro Ruiz Moreno por ayudarnos con esta biografía a renovar la “gratitud eterna” que la Patria le debe a Justo José de Urquiza.