BARRAS BRAVAS

Por Ernestina Gamas

 Una vez más, hemos sido testigos de dos episodios de  violencia relacionados con el futbol que nos  avergüenzan. 

Lo que a finales del siglo XIX llegó  como un juego y se instaló como práctica habitual en los colegios ingleses,   en los primeros años del siglo XX despertó un  increíble entusiasmo en las clases populares.  Ya consagrado deporte,  llevó a la fundación de  los primeros clubes que serían  los pilares del futbol nacional. En un principio amateur  y luego en forma profesional,  es sin duda “la pasión Argentina”

Desde hace bastante tiempo los clubes de futbol a nivel internacional y local, se han transformado en   empresas que se dedican a  un negocio que deja ganancias que  exceden ampliamente lo relacionado con el  deporte. Los jugadores son comercializados  como mercancías.  Se compran y se venden,  también los  derechos de transmisión de partidos, su  publicidad y…con el añadido a estas transacciones,  la corrupción.  

En nuestro país, “Barras Bravas” son un conjunto de violentos relacionados con los distintos clubes, integrados por delincuentes cuyas actividades no se limitan a sembrar el terror durante los partidos sino que son utilizados como  temibles  “grupos de tareas” para diversos ilícitos y que son apañados por la  dirigencia de clubes, por  sindicalistas, políticos asociados y hasta jueces. Ligadas sus actividades a la reventa de entradas que obtienen de los mismos clubes, también comercializan  drogas y monopolizan el servicio de  “trapitos” o “cuidadores de autos por coerción”, cuando alguien pretende  estacionar en las inmediaciones de los estadios de futbol, durante los partidos. En fin, mafias que  intimidan a los ciudadanos. 

Han pasado distintos gobiernos y sus integrantes,  a pesar de ser  detenidos en flagrancia,  sólo permanecen por  pocas horas y son liberados con sorprendente rapidez.  Tenemos derecho a preguntarnos quién los protege, porque sus  acciones violentas se desarrollan  delante de las cámaras y de los atónitos televidentes a quienes llegan esas imágenes.

No debemos olvidarnos que pocos días antes, hubo una batalla campal a la salida del partido All Boys vs. Atlanta donde estos malvivientes hicieron retroceder a la policía, mientras rompían los patrulleros sin que los efectivos mal pertrechados pudieran impedirlo.

Durante los episodios del fin de semana pasado, mientras  emboscaban  al ómnibus que transportaba a los jugadores visitantes, la tribuna estaba repleta de espectadores dispuestos a presenciar lo  que hubo de ser un espectáculo deportivo.

La multitud que dentro del estadio había esperado pacientemente durante varias horas el comienzo del “espectáculo” por el que habían pagado sus entradas a buen precio, al suspenderse el partido se retiraron silenciosamente aunque indignados, en orden aunque defraudados. Esta actitud fue destacada  por los medios, admirados por su “pasividad” ante tamaña frustración. Y al día siguiente regresaron mansamente a ocupar sus asientos y a esperar nuevamente lo prometido y hubo una nueva decepción y una nueva desconcentración con callada amargura.

La pregunta que deberíamos hacernos es si esto ya está dentro de lo naturalizado, de lo habitual, de lo aceptable como parte de la rutina. ¿No es posible alguna rebelión  ante semejante estafa? Hay formas pacíficas de implementar una condena social. O es que esta pasión los ciega a todos convirtiéndolos en sometidos cómplices.  

Que habría pasado si el sábado en lugar de retirarse en silencio hubieran dejado sus entradas hechas añicos  en sus asientos.

¡Y si al día siguiente, no hubiera ido nadie al estadio?

Ese público fue tres veces estafado, en su dinero, su tiempo y sus expectativas. Ese  coro que sometido al sol despiadado el día sábado, a una vuelta perfectamente inútil al estadio  el domingo fue «consolado» con la posibilidad de trasladarse a otro estadio, cómodo y seguro, abierto, ahora sí, a los seguidores de ambas divisas, sólo que a miles de kilómetros y de pesos de distancia.

Vale preguntarse si toda la historia no puede ser leída como modelo en escala de un país entero y si, en un caso u otro, no cabe imaginar -y aun temer- la rebelión del coro. 

Y otras preguntas para acompañar.

Se ha está desarrollando una cumbre con mandatarios de muchos países. Hubo un operativo de seguridad que nos dejó parte de la ciudad sitiada. Hasta ahora y a pesar de una multitudinaria marcha en contra del G20, del FMI y otras protestas, no ha habido hechos de violencia significativos.

Se puede con esto de incomparable envergadura y no se pudo con un puñado de facinerosos. Raro, no?