Roberto Antonio Punte

Entre   abismos, sembrados de acechanzas y peligros, trascurre en  estos días nuestra vida colectiva, con poco o ningún margen para errores y traspiés. Abundan los altibajos,   baches,  cuestas a remontar, desvíos equivocados o engañosos y curvas peligrosas .Tampoco  faltan criminales más o menos disimulados  en las sombras  esperando el menor descuido para arrebatar bienes y tronchar vidas. La lapidación es un modo bárbaro de ejecutar personas. Uno de los pasajes más impactantes del Evangelio (Juan,8:7) es aquel de la mujer adúltera salvada de esa muerte, por la amonestación «quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra».

Si hay algo que la sociedad entera percibe, aunque mucho guarden silencio, es que hay una responsabilidad colectiva tras los males sociales presentes. Esto , a pesar de los más que  suficientes  caraduras que optan por criminalizar la política, pretendiendo matar a fuerza de paros, palos  y pedradas , no a la raíz amarga de estos desastres, sino a la convivencia republicana .

Las dificultades se magnifican cuando vacilan o tropiezan quienes debieran guiar. Añade dolor a nuestras cuitas   la notoria   defección de la inteligencia, la pérdida de creadores de sentido, de gestores de propuestas de bien común, que, a la vez, se atrevan a tomar   el camino y marchar adelante asumiendo los riesgos de lo incierto. Abundan, en cambio, los  difundidores de diagnósticos críticos, que desde las veredas  proclaman  recetas engañosas o reparten  remedios inútiles, hace largo tiempo vencidos.

Cuando debamos elegir   nuevas autoridades, será preciso   tener claras las lecciones de esta etapa tan difícil, y validar nuestras opciones según los criterios con que se   seleccionaron los Constituyentes de 1853. Las   Cláusulas 6ª.y  7ª.del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos, suscripto el 31 de mayo de 1852, establecen :..”queda convenido que la elección se hará sin condiciones ni restricción alguna, fiando a la conciencia, al saber y al patriotismo de los Diputados el sancionar con su voto lo que creyeron más justo y  conveniente, sujetándose a lo que la mayoría resuelva sin protestas ni reclamos. …Es necesario que los Diputados estén penetrados de sentimientos puramente nacionales, para que las preocupaciones de localidad no embaracen la grande obra que se emprende; que estén persuadidos que el bien de los Pueblos no se ha de conseguir por exigencias encontradas y parciales, sino por la consolidación de un régimen nacional regular y justo; que estimen la calidad de ciudadanos argentinos antes que la de provincianos. Y para que esto se consiga, los infrascriptos   usarán de todos sus medios para infundir y recomendar estos principios y emplearán toda su influencia legítima a fin de que los ciudadanos elijan a los hombres de más probidad y de un patriotismo más puro e inteligente».