Por Roberto Antonio Punte

La Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre expresa que «todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están por naturaleza de razón y conciencia, deben conducirse fraternalmente los unos con los otros”

Derechos y deberes son, pues, correlativos y si los derechos exaltan la libertad, los deberes expresan la dignidad de esa libertad y los deberes su fraternal limite. Ambas presuponen un orden moral que los apoyan conceptualmente y los fundamentan, para el ejercicio de las buenas costumbres de la convivencia humana. De estos principios   se ha generado una corriente de conductas y costumbres que cristalizaron en lo que se ha denominado “de la corrección política”. Una base mínima de reglas   que ensalzan la dignidad de la libertad para la buena convivencia.

Sin embargo, esto que dio lugar   a un suave conformismo con todo lo que se visualiza a primera vista amistoso para el colectivo de fieles, ha desarrollado un costado dogmático que terminó resultando intolerante para la disidencia y limitativa de las libertades de opinión y de expresión, en abierta contradicción con el eje fundamental del concepto.

Porque, contradictoriamente   , mientras se invoca   el librepensamiento, a la vez brota la intolerancia respecto de quienes resultan sospechados de disenso, no con los fundamentos sino con las formulaciones más extremas  que se dan dogmáticamente como infalibles.

Cabe el ejemplo de   la dignidad femenina, tema indiscutible: ¡Se trata nada menos que más de la mitad de la población del planeta y todos, absolutamente todos sus habitantes hemos nacido de una mujer! .Pero las columnas militantes que vimos días pasados se caracterizaron por un sesgo violento que desdice esa dignidad, al marcar enfrentamiento y destrucción de otros paradigmas igualmente válidos y compatibles.

O cuando se invoca esa igual dignidad   , como superior a la igualdad por idoneidad, y   se determinan cupos como el que se acaba de legislar.

Todos quienes participamos de clubes, asociaciones y partidos sabemos   la   necesidad de conocimiento y capacitación, que solo se logra por la vía de dedicar tiempo y esfuerzo a la imprescindible formación y praxis, lo que convoca de modo diferente a distintas categorías de personas. No se trata de un techo invisible o de «cristal», sino de interés y participación. La verificación en los hechos demuestra que para llenar el 50% de los cargos electivos se acude a parientes, amistades y empleados de menor capacitación, para cubrir los asientos   . Los legisladores han actuado con la convicción de haber sido «correctos» desoyendo su propia experiencia. Ojalá me equivoque, pero propongo que se haga más adelante un prolijo censo de los electos para determinar quiénes arribaron como parte de una vocación auténtica de dedicación al servicio público y quienes   simplemente han sido convocados para cubrir las formas, como un empleo   más.

Próximos estamos al Congreso de la Lengua , donde seguramente habrá manifestaciones a favor del denominado «lenguaje inclusivo»  deformado para  teóricamente evitar connotaciones que ,marcando diferencias, son denunciados como «discriminatorios», sin advertir que corresponden a realidades insoslayables, y aún necesarias y enriquecedoras de la convivencia humana. Ser alto o bajo, gordo o   flaco, hombre o mujer, de una u  otra etnia, empleado o desempleado, plenamente capaz, o con desventajas en las capacidades, son situaciones que han generado palabras precisas.

Lo negativo del fenómeno es su pretensión dogmática, a veces bajo formas de imposición   , algunas sutiles, pero otras innecesariamente agresivas, ya con escraches, piquetes u otras formas de violencia ya por denuncia ante los tribunales.

En definitiva   una prudente distancia crítica es aconsejable   respecto de la faz dogmática de la   falsa “corrección”, que en su versión no agresiva suscita simpatía y correspondencia con  el ideario  republicano, pero se descalifica cuando se torna sectaria  y violenta.