EL DIACONADO FEMENINO

por FRANCISCO GARCÍA BAZÁN (Investigador Superior del CONICET)

En la reunión del papa Francisco con las superioras generales de las congregaciones de religiosas de todo el mundo durante el mes de mayo del corriente año, respondiendo a las preguntas femeninas sobre las diaconisas, anunció la posibilidad de constituir una comisión para examinar la situación canónica del diaconado femenino y su desarrollo desde los primeros tiempos cristianos. De inmediato aparecieron voces discordantes Un ejemplo fue Radio Vaticana, a través del director de la oficina de prensa de la Santa Sede, el P. Federico Lombardi SJ. Él ha sido el promotor del debate y la situación planteada a pocos meses de distancia sigue mereciendo un comentario crítico.

   No faltan testimonios que registran aspectos de una historia religiosa que las Biblias de mayor uso entre los creyentes cristianos como la conocida Biblia de Jerusalén, tienen en cuenta y que, por lo tanto, alienten el examen propuesto con la expectativa de que el concurso de estudiosos y exégetas libres de prejuicios de hábito clerical y familiarizados con el tema ilumine la cuestión.

El siguiente cuadro surge de los textos históricos en relación con el tema.

  1. Datos externos provenientes del paganismo. Lo primero que se advierte es que la importancia de la presencia femenina dentro de la comunidad cristiana antigua no pasaba desapercibida para la población no cristiana y que ésta se hacía perceptible incluso en detalles particulares. Es el caso de la actividad de dos diaconisas según lo registra el  testimonio escrito de Plinio el Joven. El escritor romano siendo gobernador de Bitinia en la segunda década del siglo II (entre 111 y 113) y tratando de poner orden en la provincia, escribe lo que sigue al emperador Trajano al pedirle consejo sobre si continuaba con el mismo procedimiento aplicado a los cristianos: «Este propósito me convenció de que era necesario encontrar la verdad por todos los medios, incluso con la tortura de dos esclavas, a las que llamaban diaconisas» (Epístola 10, 96-97). No sabemos si el gobernador prosiguió con el mismo procedimiento, al comprobar que las acusaciones eran infundadas, ya que como juez concluye el comentario afirmando que: «Sin embargo, no llegué a descubrir más que una superstición irracional y desmesurada».
  2. Datos interiores al cristianismo. Es precisamente este pasaje de un testigo externo el que permite precisar el testimonio contemporáneo de una de las Cartas Pastorales que menciona a los diáconos y a las diaconisas, confirmando que la mención no alude a la esposa de un diácono, como se ha  mal interpretado, exégesis, por lo tanto, de la que duda la misma Biblia de Jerusalén, sino a una función ministerial femenina. Escribe en consecuencia el autor de la Epístola: «Los diáconos (antes se ha referido al obispo) deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos. Las mujeres (es decir, las diaconisas) igualmente deben ser dignas, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo. Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y a su propia casa. Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo Jesús” (Epístola Primera a Timoteo 3, 8-12).

   El mismo Pablo, además, al final de la Carta a los Romanos, presenta a la cristiana Febe, la portadora de la epístola para la comunidad romana, en los siguientes términos: «Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la iglesia de Cencreas. Recibidla en el Señor de una manera digna de los santos, y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo» (16, 1-2).

   Idéntica opinión sigue manteniendo Clemente de Alejandría cuando avanzado el siglo II, escribe: “Así como convenía a su ministerio, atendiendo a la predicación sin distracción, los Apóstoles llevaban consigo a las mujeres no como esposas, sino como hermanas que los ayudaban en los servicios de las amas de casa; gracias a ellas la doctrina del Señor podía penetrar incluso en el gineceo, sin dar motivos de calumnia. En efecto, nosotros sabemos también lo que el gran Pablo dispone en la Segunda Carta a Timoteo, sobre las mujeres diaconisas” (III, 6, 53, 3-4).

  De acuerdo con esta corriente de ideas Orígenes, el más erudito y sutil intérprete católico de Alejandría en su comentario al pasaje de Epístola a los Romanos 10,17, habla del diaconado de las mujeres «Al que deben acceder las que han prestado “asistencia a muchos y que con sus buenas obras han merecido el elogio de los Apóstoles”, según lo advierte la estudiosa italiana Maria Grazia Bianco.

  En sentido amplio los diáconos femeninos o diaconisas –en griego el sustantivo diákonos  es un nombre común que admite delante los artículos de ambos géneros: el diacono y la diácono o diaconisa–; lo enfatizamos, como mujeres pertenecientes a un orden ministerial igual que los obispos y los presbíteros, pero de rango inferior, ejercían funciones específicas que posteriormente se ampliarán según lo informan las Constituciones apostólicas, de atención de pobres y enfermos, asistencia en el bautismo de mujeres, instrucción de las mujeres prosélitas que vivían en el interior de casas paganas, un ámbito prohibido para el acceso de los hombres, y otras actividades afines en los hogares.

  Un tiempo después los grupos de viudas irán ocupando el espacio dejado vacante por las diaconisas bajo la presión catequética proveniente de las iglesias del eje antioqueno-romano, con el testimonio de su insigne testigo, el obispo y mártir san Ignacio de Antioquía.

  Sin embargo, otros testimonios de iglesias del Asia Menor y de Alejandría, ratifican la resistencia a la presión de la sucesión de los obispos romanos y mantienen su arcaica autonomía fragmentada. Esto explica los testimonios favorables a la función eclesiástica de las diaconisas que se conservan en la Didascalia, las Constituciones Apostólicas y Bizancio, hasta el siglo IX.

  1. Más testimonios.  Las Constituciones apostólicas obra a la que nos acabamos de referir, un escrito de carácter canónico-litúrgico, se compuso en Siria, en las últimas décadas del siglo IV. La disposición de su  obisporedacción obedece a la mano de un mismo autor, Juliano, obispo de Neapolis. En este escrito se conservan asimismo algunos resabios dudosos de arrianismo. La obra se compone de ocho libros, abarcando desde restos de la enseñanza cristiana más antigua propios del primer catecismo cristiano que se conserva, la Didakhé o Doctrina de los doce apóstoles, que ha sido compuesta por los años 90, y de la Tradición apostólica que es posterior. Estos dos escritos ocupan los libros VII y VIII de las Constituciones apostólicas mencionadas, en tanto que los libros I a VI son una adaptación de la Didascalia de los Apóstóles. A partir de claros fragmentos de esta compilación de materiales es posible deducir la imagen religiosa del lugar eclesiástico y de las funciones rituales de las diaconisas paralelas al tiempo en que el canon eclesiástico de las Escrituras después del Concilio de Nicea (325 de nuestra era) se iba estableciendo entre las ortodoxias romana (Osio y Silvestre) y alejandrina (Atanasio, continuador del ultra conservador Demetrio, rival de Orígenes). Los pasajes son unos quince y varios de ellos sirven como ejemplos bien ilustrativos:

–  «Los obispos son vuestros sumos sacerdotes, y vuestros sacerdotes son los presbíteros, y vuestros levitas son ahora los diáconos, los lectores…las diaconisas…», II, 16,3.

–  «La diaconisa, que nada dice o hace sin el diácono, sea honrada por vosotros como figura del Espíritu Santo», II, 26, 6.

–  «Los porteros permanezcan en las puertas de los hombres para guardarlas; las diaconisas, en las de las mujeres»,  II, 57, 10.

–  «Si viene un pobre…El diácono hará sitio para ellos…La diaconisa hará lo mismo con las mujeres que lleguen, ya sean ricas o pobres», II, 58 ,6.

  • «Las viudas deben ser graves, obedientes a los presbíteros, a los diáconos e incluso a las diaconisas», III, 8, 1.
  • «Por eso, obispo, elige diáconos agradables a Dios…Elige también una diaconisa fiel y santa para atender a las mujeres. Hay casas a las que, por causa de los infieles no puedes enviar a un varón diácono para las mujeres. Así, pues, enviarás una mujer diácono, dada la manera de pensar de los malvados. 2. Para otras necesidades nos valemos también de la mujer diácono. Sobre todo en el bautismo de las mujeres, el diácono sólo ungirá con óleo sagrado la frente de aquéllas y, después, la diaconisa, las ungirá (por entero), pues no hay necesidad de que las mujeres sean observadas por los hombres…». III, 16, 1-2.  
  • «La mujer afánese en cuidar de las mujeres», III,19,1.
  • «La diaconisa sea una virgen pura. Si no la hay, sea una viuda fiel y honorable, que se haya casado una sola vez» VI,17,4.
  • «No permitimos a los presbíteros ordenar diáconos ni diaconisas…Sólo lo permitimos a los obispos. En efecto ésta es la disposición y la armonía de la Iglesia» VIII, 11,3.
  • Los subdiáconos permanezcan junto a las puertas de los hombres, y las diaconisas junto a las puertas de las mujeres, para que nadie salga, ni la puerta sea abierta, durante el tiempo de la oblación, aunque se trate de un fiel» (VIII, 11,11).
  • «Yo, Bartolomé, ordeno a propósito de la diaconisa. Obispo, impónle las manos, estén presentes contigo el presbítero, los diáconos y las diaconisas, y di: “Dios eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, creador del hombre y de la mujer, que llenaste de Espíritu a Miriam, a Débora, y a Ana y a Juldá, que no has considerado una indignidad que tu Hijo unigénito naciera de una mujer…ahora también dirige tu mirada sobre esta sierva propuesta para el diaconado…Amén» XIX, 1-XX,1.
  • «La diaconisa no bendice, ni realiza nada de lo que hacen los presbíteros o los diáconos, sino que guarda las puertas y ayuda a los presbíteros en el bautismo de las mujeres por causa de la decencia…El diácono excluye al subdiácono…y a la diaconisa…» VIII, 28, 6-8.
  • También a las diaconisas les corresponde participar de una décima parte del diezmo de las ofrendas como a los subdiáconos y lectores, etcétera.
  • IV. Situación actual.

Ahora bien, en el año 2002 después de una década de trabajo conjunto la Comisión Teológica Internacional Vaticana produjo el documento El diaconado evolución y perspectivas, al que una vez que se difundieron las noticias sobre las inquietudes de las de las superioras generales de las congregaciones religiosas ante el Sumo Pontífice  y los ecos despertados remitió lacónicamente el vocero de la Radio Vaticana, el P. Federico Lombardi,

   En realidad las ochenta extensas páginas del escrito una vez leídas y analizadas son decepcionantes tanto para la investigación histórica, porque se basa en justificar la situación contemporánea, apoyándose en tesis doctrinales, como, por lo tanto, en las tentativas de dar validez a los prejuicios interpretativos a los que trata de dar solidez doctrinal. De este modo el documento se expande durante veinte páginas en la introducción y las vicisitudes de los grados de diáconos y diaconisas hasta la extinción de las últimas. Si el estudio dedica veinte páginas a este tema específico, consagra, sin embargo, las sesenta páginas restantes a las cuestiones posteriores a los tiempos de su desaparición forzada. Ante semejante panorama histórico y doctrinal es legítimo que se replantee el tema sobre nuevas bases de investigación y de hermenéutica como lo dejó abierto S.S. el papa Francisco, en aquella oportunidad. Una cuestión a la que recientemente el sumo Pontífice ha dado una primera, pero contundente respuesta práctica y responsable creando el 2 de agosto del corriente año una comisión especial de doce miembros, seis mujeres y seis varones para el estudio de la cuestión del diaconado de las mujeres. Unos días antes, el 22 de julio, se estableció como signo concordía, se estableció el 22 de Julio, como fiesta de Santa María Magdalena “Apóstol de los apóstoles”. Al frente de la comisión mencionada ha designado a monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer como secretario. Este dignatario español tiene en su patrimonio, ante todo, haber sido dirigido en su tesis de doctorado en Teología por quien fue mi director de estudios en Roma durante los años 1973-1974, el insigne patrólogo Antonio Orbe, y haber publicado varios libros sobre Hilario de Poitiers, un tema de estudio que le propuso el mismo estudioso jesuita. Las  seis miembros mujeres designadas son: Nuria Calduch-Benages, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, Francesca Cocchini, profesora en el Istituto Patrístico Augustinianum y en la Universidad La Sapienza de Roma, la hermana Mary Melone, Rectora de la Pontificia Universidad Antonianum de Roma, Mariamne Schloser, miembro de la Comisión teológica internacional y profesora de teología espiritual en la Universidad de Viena, Michelina Tenace, profesora de Teología fundamental en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y Phyllis Zagano, profesora en la Hofstra University de Hempstead, N.Y. Los hombres son los siguientes: Piero Coda, miembro de la Comisión teológica internacional, P. Robert Dodaro, presidente del Instituto Patrístico Agustinianum de Roma y profesor de patrología;  P. Santiago Madrigal Terrazas, profesor de eclesiología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid, Karl-Heinz Menke, miembro de la Comisión teológica internacional y profesor emérito de Teología dogmática en la Universidad de Bonn, Aimable Musoni, salesiano originario de Ruanda, profesor de eclesiología en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma y Bernard Pottier, miembro de la Comisión Teológica internacional y del Institut  d’Études Théologiques de Bruselas.   

.  Otra noticia más reciente se puede añadir a lodicho. Dentro de estas  mismas actividades del 26 al 28 de septiembre promovido por la Congregación para la Doctrina de la Fe, se ha realizado también en Roma una reunión internacional de unas cincuenta personas mayoritariamente mujeres, en las que se ha tratado “la definición de la vocación femenina”, la “presencia de las mujeres en la vida de la Iglesia”, “la importancia de las mujeres en la formación de los sacerdotes”, “las mujeres predicadoras de ejercicios espirituales”. El segundo día se trataron: “las diferencias sexuales” en sentido antropológico, y el último día se habló de “la  Iglesia como esposa y madre” y “el derecho canónico en relación con la cooperación de las mujeres en roles decisivos”.

  1. Conclusión filosófico-religiosa.  Pero en relación con los temas femeninos tratados dentro de la historia del cristianismo, es necesario hacer presente que una agenda de estudios en relación con las mujeres y su función religiosa en el cristianismo primitivo no puede ceñirse a estos límites conceptuales señalados, puesto que el cristianismo de los orígenes de acuerdo a los testimonios de los evangelios y las epístolas paulinas, sin entrar en otras complejidades, denuncia una multiplicidad de fenómenos históricos y de creencias que es antes un mosaico de formas conceptuales de vida, y un modo de coexistencia de ideas, un modo vital que es necesario catalogar de “diversidad una” antes que de “unidad diversa”. Esta última idea es un prejuicio, es la lectura que corresponde al cristianismo romano de cerca del final del siglo IIº proyectado hacia los orígenes cristianos. Pero antes las comunidades cristianas constituían una diversidad de grupos de creyentes frente a las religiones paganas y el judaísmo, y en ese medio multiforme (judeocristianos, protocatólicos y gnósticos) la mujer cumplía la función femenina que le corresponde como diferente y complementaria con el varón. Basta recordar algunos rasgos de los evangelios para darse cuenta y advertir, además, que la figura femenina central por contraste con otras nombradas –como Juana, mujer de Cusa, Susana, o las hermanas de Lázaro, Marta y María –, es María Magdalena, que tampoco era pariente de Jesús, sino discípula preferida.

  Por eso testimonia, por ejemplo, el Evanjelio de Juan: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena» (Jn 19,25). ¿Qué hace aquí María Magdalena junto con las parientes femeninas de Jesús? Sin embargo, cuando Pablo de Tarso en la primavera del 55 en la Epístola I a los Corintios se refiere a testigos del Cristo resucitado, no hace referencia a mujeres, todos son varones. Sin embargo los Evangelios hablan sobre las apariciones a mujeres en primer lugar y los textos directos de la Biblioteca gnóstica de Nag Hammadi como La carta esotérica de Santiago, los dos Apocalipsis de Santiago, y el Evangelio de Tomás, escritos gnósticos y judeocristianos bajo el nombre de parientes de Jesús, ponen en el primer plano a las mujeres como discípulas de Jesús, las que incluso transmiten mensajes bajo su propio nombre, como el Evangelio de María, y en posición hostil inversa, varones como Pedro o Andrés, que quieren expulsarlas del entorno del discipulado. Jesús no admite estos reproches varoniles y expresa claramente al contrario según el Evangelio de Felipe: «El hombre [recibe alimento] a través de la promesa del lugar superior […] por la boca. Y si la palabra hubiera salido de allí, se nutriría por la boca y se haría perfecto. Pues los perfectos conciben mediante un beso, y engendran (igualmente). Por eso nos besamos unos a otros, recibiendo la concepción por la gracia mutua que hay entre nosotros. Tres (mujeres) caminaban siempre con el Señor: María, su madre; la hermana de ésta; y Magdalena, que es denominada “su compañera”. Pues María es su hermana, y su madre; y es su compañera» (58, 30- 59, 10). En estos párrafos están las claves hermenéuticas gnóstico-valentinianas para poder interpretar correctamente lo que unos folios más adelante se registra en la misma fuente y que arbitrariamente Dan Brown ha hecho famosos en el Código Da Vinci: «La sabiduría denominada “estéril” es la madre [de los] ángeles. Y la compañera del [Salvador es] María Magdalena. El [Salvador] la amaba más que a todos los discípulos, y la besaba frecuentemente en la [boca]. Los demás [discípulos] para preguntar [se acercaron a ella]. Dijeron al Salvador: “¿Por qué la amas más que a todos nosotros? Él respondió y les dijo: “¿Por qué no os amo a vosotros como a ella?”. Un ciego y un vidente, estando ambos a oscuras, no se diferencian entre sí. Cuando llega la luz, entonces el vidente verá la luz y el que es ciego permanecerá a oscuras. El Señor dijo: “Bienaventurado el que es antes de llegar a ser, pues el que es, ha sido y será”. La supremacía del hombre no es manifiesta, sino que yace en lo oculto» (63. 31- 64.15).

  Posteriormente el rol pneumático arquetípico y central de María Magdalena se reitera y fortalece en el medio egipcio alejandrino en originales gnósticos tan significativos como la Pistis Sophia y especialmente en un preciado manuscrito del Códice de Bruce, el Libro del gran discurso iniiático, al que menciona la Pístis Sophía bajo el título de Los dos libros de Ieu. En este escrito se comprueba eqilibrando posiciones, que el círculo femenino de los discípulos ha escalado una posición numérica que supera incluso al de los varones y que el sustantivo genérico “discípulo” incluye indistintamente a discípulos y discípulas. Literalmente: «Jesús dijo a sus discípulos que estaban reunidos con él, los doce discípulos y las discípulas: Rodeadme, mis doce discípulos y discípulas, para que os hable de los grandes misterios del Tesoro de la Luz, éstos que nadie conoce, que están en el Dios invisible» (7, 99 [54], 7-10).

  En realidad este escrito denunciaba a sus espaldas una trayectoria que siglos antes habían marcado dos textos también encontrados en la Biblioteca de Nag Hammadi y que se refieren a “las siete mujeres” que después de la Resurrección seguían la enseñanza de Jesús: la Sabiduría de Jesús, que dice: «Después que se levantó de entre los muertos, sus doce discípulos y siete mujeres seguían su enseñanza» (90, 1-5). El otro escrito, el Primer Apocalipsis de Santiago, era menos avaro en la información, pues facilitaba cuatro nombres del grupo: Salomé, la Magdalena, Marta y Ariínoe. Afortunadamente, más recientemente, el Códice Tchacos (2007) que también contiene El evangelio de Judas, conserva el mismo escrito con el título de Santiago, el que abiertamente registra y completa el grupo de mujeres: «Salomé y María y Marta y Arsinoe… Sapfira, Susana y Juana». Siempre con constancia aparece en el conjunto la Magdalena, la primera que en contacto directo con Jesús experimentó la liberación de los siete arcontes cósmicos, o su contracara, la vivificación  íntima de los siete dones del Espíritu Santo.

Nada más y buen provecho.

 

Breve bibliografía:

–F. García Bazán, «El lugar de la mujer en la Iglesia es legendario», en Ñ.Revista de Cultura. Clarín 662, Sábado 4/6/2016, p.14.

— F. García Bazán, La gnosis eterna. Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos I y II, Trotta, Madrid, 2003 y 2007.

–F. García Bazán, La Biblioteca gnóstica de Nag Hammadi y los orígenes cristianos, El Hilo de Ariadna, Buenos Aires, 2013.

Constituciones Apostólicas, Introducción, traducción y notas de J.J. Ayán Calvo, Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2015.

— «Hoy se celebra a santa María Magdalena, ahora como “fiesta”», en AICA, 22/7/2016,