Por POLDY BIRD

 

Ay, niña que creces, mi Verónica, por más que quiera verte hecha de sol y azúcar, an­do sintiendo tus desilusiones del mundo de los grandes, tus titubeos, tus penas.

Al igual que las flores, creces sin hacer ruido.

Al igual que las flores, te llenas de esplen­dor y magia, de una belleza que le da olor a la luz y al sonido, de una musicalidad que le da sonido a los pensamientos. Vas dejando retacitos de infancia en las muñecas.

Te empequeñeces a la hora del sueño, só­lo cuando dormida tienes otra vez el rostro de la niñita que acunaba en mis brazos.

Y te vuelves un poco mi mamá cuando me sientes huérfana, cuando me ves echando redes a los neblinosos recuerdos de mi in­fancia, rastreando desesperadamente una fotografía de cuando tenía cinco años y mi mamá me había peinado con ricitos.

Niña que me preguntas por las injusticias de los que nos prometen bellos futuros.

Niña que alza su grito frente a la zapati­lla rota del chico de la plaza, y corres a comprarle un par flamante, y regalas tus juguetes a María Rosa que nunca tuvo una muñeca.

Niña con tus verdades desenlazadas de las mías, con tus reproches que me tocan el hombro para que de una buena vez gire la cabeza y vea, no pasando mis ojos por en­cima, sino metiendo mis ojos en el dolor y en la miseria.

Quise mostrarte este lado del mundo, no por engañarte, sino para que no llores de­masiado pronto.

Pero las flores tienen raíces, a las flores se les puede mostrar solamente el jardín y se contentan con eso.

En cambio tus pies recorren, investigan, saltan las baldosas de las veredas, se em­pinan para elevarte sobre los tapiales, te llevan por ahí y por allá

Ay, niña que creces, mi Verónica. Ya vamos conversando por la calle, a pa­sos iguales, deteniéndonos frente a las mismas vidrieras, codeándonos para avi­sarnos que hay que mirar a cualquiera que pasa, riéndonos de las mismas cosas, tú mucho más aguda, más profunda, más capaz de bucear en los seres y en los paisa­jes, dándome a cada rato un universo

di­ferente y nuevo, que yo sola jamás hubie­ra podido descubrir.

Mi gran preocupación, entonces, era saber si mi vida-tuya, mi tiempo-tuyo, mi amor­ tuyo, había servido para crearte feliz. Y no me atrevía a preguntarte, ¿cómo se le pregunta a alguien a quien se ama con todo lo de uno, si le sirve ese amor?

Ay, mi niña, yo te muestro mis culpas con la misma humildad con que un día mos­traré mis arrugas y mis canas. Culpa de no haber escuchado mi propia voz de ma­dre cuando todos decían que «a los hijos les hace mal el exceso de amor.»  «Las mu­jeres para realizarse tienen que salir a tra­bajar.»  «Un hijo no debe detener las otras creaciones de la mujer».

Qué altas esas voces, qué empecinadas esas voces absurdas, a cuántos embarullan esas voces terribles.

Hija, perdón por las veces que lloraste y no sequé tu llanto de criatura chiquita.

Perdón por las veces que, mi mano no lle­vó la cuchara de sopa hasta tu boca.

Perdón por esos días que me até a las te­clas de mi máquina diciendo que «crea­ba» … y dejaba de crearte a ti para ha­cer bailar letras en papeles ajenos.

A mí no me tocaron el hombro para decir­me : «Bueno, con cuidado, los niños nece­sitan no solamente calidad de amor, sino cantidad de tiempo al lado de ellos, tiem­po de naricitas oliendo la pollera de mamá, de manitos tocándola, de cuerpitos conta­giándose su calor, mocos limpiados contra sus piernas, manos imitando sus adema­nes. Los niños copian al ser humano en sus padres …, pero para copiar un mode­lo hay que mirarlo mucho, en tiempo, no en “calidad de tiempo” solamente».

No me tocaron el hombro para decirme…, pero hubo una chispa en mi corazón, y esa pequeña chispa hizo la luz intensa. Lo pre­sentí, lo descubrí, lo supe.

Por suerte, ahora son muchas más las ma­dres que lo saben : la máxima creación de la mujer es crear un ser humano.

La más bella, la incomparable, la que nos da la eternidad, la continuidad de los pa­sos del amor en los senderos del mundo.

No me atrevía a preguntarte si te sirve mi amor, si pude reparar en estos años mis equivocaciones, los momentos de au­sencia, mi ignorancia.

Y tú solita, sin saberlo, me diste la res­puesta.

Mirábamos el jardín por la ventana.

-Qué lindas son las flores, mamá.

-Se te parecen.

-Pero las flores no quieren.

-Cierto, las flores no aman.

-Mamá, ¿a quién querés más en el mun­do, después de vos?

-¿Cómo «después de mí»?

-Claro, porque si no te querés a vos mis­ma, no podés querer a los demás.

-¿Y vos te querés mucho?

-Sí, me quiero mucho, y los quiero mu­cho a vos y a papá.

Niña de sol y azul.

Sin agacharme beso tus mejillas.

Me maravillas.

¿Cómo pude yo, sabiendo tan poquito, crear un ser que esté conten­to de sí mismo, que se ame, que sepa ser justo, que sepa dar, que sepa recibir?

Mi buen amigo Arnaldo diría que el amor suple el desconocimiento.

Y yo digo que tuve la ayuda, la compañía, el estímulo de nuestro Martín, a quien llamas de noche para que te tape, y le cuentas secretos que ni a mí, y se te infla la voz cuando le dices a tus amigos: «Mi pa­pá…».

Ay, niña que creces, mi Verónica, niña que me pones nostálgica porque te vas llevando en ti los caminitos de la infancia … y me estás enseñando a ser grande, mientras aprendes a ser no esta pequeña y a veces dolorida mujer que soy, sino una gran mujer que ya se te adivina.
Poldy

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