Por Beatriz Schaefer Peña (Especial para Gazeta del Progreso)

                                                                      

 

 

                 -Ahora estarás bebiendo la vida que te queda/ a la mínima luz de las estrellas.

Difícil hablar desde la brevedad cuando hay todavía tanto por decir de quien tanto se ha dicho: Elizabeth Azcona Cranwell. Desde ese intersticio donde lo onírico se confunde con la realidad, Elizabeth nos revela, desde su condición de creadora, ese mensaje cifrado al que se accede, únicamente,  con el ánimo y el oído dispuestos a la condición de la poesía verdadera, de la palabra justa y trascendida. Desde su inicio en el panorama de la literatura nacional siempre se destacó, no solamente como poeta sino también como narradora, crítica y traductora. Pero es en la poesía, quizá, donde se nos revela en ese claroscuro de los opuestos que tanto la conmocionaban, esa ambivalencia de tiempo y espacio que la convirtieron en una criatura que vivía, diríase,  como suspendida de los sueños pero siempre buceando en su propia interioridad en procura de las señales capaces de dar respuesta a sus interrogantes.

-Acaso escuches música, recuerdes unos versos de Yeats o contemples los astros escritos en tu vida y no entiendas qué signo caprichoso signó tu aparición sobre la tierra.

Sabemos que algunas veces la búsqueda se torna infructuosa, sobre todo cuando está dirigida al propio ser, pero Elizabeth, atraída sin duda por lo esotérico,  una y otra vez indaga en las sombras desde su propia sombra y así nos lo traduce cuando expresa: -No sé de la raíz, las raíces se quedan  en nosotros entrelazadas a los huesos o a la secreta índole de un equilibrio impronunciado.”  Sin estridencias ella nos conduce, “serenamente, con un poco de nostalgia, quizá”- como decía Raúl Gustavo Aguirre desde la contratapa de “El Mandato”-, “por ese camino que, en definitiva, nos llevará a su propia voz reconocible, sin duda, en el amplio espectro de nuestra poesía.Es la elegida que supo depurar el lenguaje de todo lo accesorio o lo superfluo y es precisamente ese lenguaje el que nos permite entrar en su interioridad: – estás pensando en nuestro diálogo inconcluso: yo no hablaba de muerte cuando dije que el cielo es un fantasma.

Atreverse a las fronteras de lo indecible es una tarea riesgosa porque presupone el encuentro con la otredad, con esa zona prohibida que no siempre estamos preparados para abordar; pero esta poeta siempre estuvo, reitero, atraída por lo oculto, eso a lo que alude en la mayoría de sus poemas o títulos.

Desde un lenguaje abstracto pero “singularmente vívido y perdurable”, a decir de Borges, Elizabeth no rehúye a ninguna de las indagatorias que más conmueven al hombre: …cuando las cosas se espejaron en la soberbia del vacío, pensaba en los reflejos de cada acto permanecido por un azar de Dios…, nos dice desde un tono reflexivo pero a la vez con cierta melancolía. Pero a la vastedad de su obra  y de sus reconocimientos, tanto aquí como en el extranjero, debe agregarse su sencillez y ese resguardo de sí misma que siempre anteponía en el trato con el otro y era lo que, en definitiva, la diferenciaba de quienes  tanto alardean  de esos falsos oropeles que ella tanto desdeñaba; precisamente era una auténtica poseedora del don de la Poesía:…Si aquella ceremonia nos hubiese lavado de las medrosas culpas en ese breve olvido de la noche…nos sigue diciendo y entonces sentimos como si la palabra se expandiera en su más alto vuelo.

Como celebración de una de las voces femeninas más importantes de la poesía argentina, yo quiero cerrar estas breves palabras con uno de sus poemas que he elegido, no solamente por su tono de elevado lirismo sino también por el mensaje personal que nos llega como misteriosa respuesta a esta merecida evocación:

 

Visión de relámpago

 

Pierdo todos los días un nombre en mi jardín.

¿Qué hay del llamado de los muertos?

Pido que dispongas de mí.

Piensa que soy tu agua o la fruta del sol en tu avidez.

Quiero que me devores suavemente como a una franca miel,

como a una hostia envenenada..

¿Te alarman mis ausencias?

Escudriña en las flores, rasga la oscuridad.

Ese fulgor custodio es mi gran sed que te acompaña.

¿Nadie nombra cuando el saurio feroz de la inocencia

vuelve a la orilla enloquecida de humildad y de sed?

En lo que escribo un sentido se crea, una presencia se destruye.

Canta si no sabes decir, la palabra se armará solitaria

entre los ciclos de tu bocaCita.

La amazona de arcoiris y muerte

se hundió en el lago sombrío.

Cada noche sin luna su caballo remonta

una viudez de estrellas para beber el agua que la abriga: La Vida,

esa extraña vigilia en la que descansamos de la Muerte.

Música, salud del alma

siempre es tu hora de nacer. 

 

Elizabeth Azcona Cranwell