Luis Alberto Romero

Los Andes, 11/8/18

 

Una vez vi al ministro Julio De Vido y al constructor Carlos Wagner abrazarse efusivamente. Fue en la Convención Anual de la Cámara de la Construcción el 4 de diciembre de 2015, justo entre la elección y la asunción presidencial. Me invitaron a dar una charla sobre la historia de la vivienda, y me quedé a ver el acto oficial. El todavía ministro De Vido, invitado especial, resumió lo hecho en su gestión, explicó el estado floreciente de la obra pública, y se despidió, agradeciendo a sus amigos constructores la colaboración de tantos años. Hubo un gran aplauso y el saludo de las autoridades. Wagner, presidente de la Cámara entre 2004 y 2012 y mencionado jefe del “Club de la Obra”, se confundió con el ministro en un abrazo tan largo como emotivo. Quizás hablaron del pasado venturoso; quizás del futuro incierto. La vida continúa; un rato después vino el electo Jefe de Gobierno Rodríguez Larreta, y recibió su saludo, si no efusivo,  cordial.

Meses después volví a encontrar a Wagner, con los directivos de la Cámara, que me proponían escribir una historia de la construcción en la Argentina. Al discutir cómo tratar los años recientes, recuerdo una frase suya, que a la luz de lo que estamos conociendo, es casi una admisión: “Lo importante es que las obras quedan”. Todo lo otro no era digno de la historia.

De Vido y Wagner eran las dos patas, ambas indispensables, del negocio cuyos detalles revelan los Cuadernos de la Corrupción Kirchnerista (CCK). Todo lo que allí se dice se sabía. Gente del oficio me explicó el sistema, con pelos y señales. Así lo escribí en una columna de Los Andes, y lo utilicé en mis libros como la clave explicativa del kirchnerismo.

Pero una cosa es el conocimiento dentro del círculo de lectores, y otra muy distinta la evidencia palmaria. Los bolsos de López impactaron, pero permitieron a algunos aferrarse a la idea del “caso aislado”. Los CCK son otra cosa: combinan la existencia de un testigo, la minuciosa descripción, digna de un antropólogo, los detalles pintorescos, y sobre todo los nombres, las fechas, los números. Porque una cosa es un modelos explicativo y otra una explicación fundada en testimonios y en hechos irrefutables, como nos gusta a los historiadores.

Los cuadernos corresponden solo a uno de los grandes capítulos del programa de saqueo estatal de Néstor Kirchner. Otros son la obra pública, la vivienda, el transporte y el juego, amén de negocios específicos como los de Ciccone e YPF. Ensayado en Santa Cruz y aplicado con cuidada artesanía en todo el país, se diferenció de los clásicos sobornos y coimas, en los que el funcionario se limitaba a cobrar un peaje al empresario, que Menem potenció con la “carpa chica”.

En el caso K, un pequeño grupo político se apropió del Estado y lo utilizó para saquearlo, con la colaboración subordinada de un grupo de “empresarios amigos”, algunos tradicionales y otros surgidos en el momento.  Más que de corrupción, se trató de un régimen cleptocrático, solo comparable en América Latina con las clásicas dictaduras patrimoniales de Trujillo, Somoza o Stroessner. Hoy se asemeja a los regímenes venezolano y nicaragüense, tanto por su legitimidad democrática -no republicana- como por su relato, de apariencia progresista, pero que, como en el caso del prestidigitador, sirve para distraer la atención del público  mientras hace su truco. En suma, cleptocracia disfrazada de progresismo.

De Vido personifica cabalmente al actor político estatal. El constructor Wagner es un ejemplo, entre muchos,  de la indispensable pata privada. El sistema kirchnerista necesitó la colaboración de quienes, instalados en el mundo empresario, licitaron e iniciaron las obras -a veces quedaron a medio hacer- que justificaban la transferencia de fondos estatales y su retorno al gobernante, en forma de dólares empaquetados y envalijados. Porque un servicio adicional de la compleja trama era convertir pesos limpios en dólares negros.

Hoy están ante el juez los ejecutores de la operación -sus jefes siguen protegidos- y los copartícipes empresarios. Esperamos mucho de la Justicia, que puede comenzar a redimirse de antiguas culpas. Esperamos que establezca la verdad judicial, aplique el Código Penal, y falle de acuerdo con él.

El caso de los funcionarios parece claro: todos fueron responsables, por participar en una asociación delictiva. El caso de los empresarios es más complejo, pues no todos se comportaron del mismo modo. Algunos recibieron alborozados una propuesta que era la culminación de una larga práctica, pues el “Club de la Obra” ya existía. En el otro extremo, hubo quienes se negaron, y afrontaron las consecuencias. La mayoría estuvo en el medio, tratando de que su empresa sobreviviera en un régimen cuyas condiciones habían sido establecidas por otros, a partir de una larguísima tradición de coexistencia colusiva entre ambas partes. Ante el ímpetu de poderosos gobernantes, legitimados por los votos y carentes de controles y escrúpulos, para los empresarios comenzó “la era del reculaje”, como la definió uno de ellos, supermercadista preferido de Néstor.

No hay explicación estructural para las diferentes conductas, con excepción del caso del campo, que nunca dependió del Estado y pudo poner el pecho al saqueo excesivo. En los otros casos, la explicación de las diferentes conductas  es moral. Pero conviene tener en cuenta que en el terreno moral las cosas sólo excepcionalmente son blancas o negras.

Entre un empresario corrupto o un gran ladrón, como Néstor Kirchner, y, en el otro extremo, el reducido grupo de políticos o empresarios que jamás dieron un mal paso, hay un grupo mayoritario cuya conducta moral se despliega en una gama infinita de grises ante la presencia de situaciones igualmente matizadas y transaccionales, con las que seguramente seguiremos conviviendo.

Conviene tener en cuenta esto en momentos en que la moral vuelve a instalarse en el centro de la política y nos plantea problemas específicos. Una cosa es el ideal moral hacia el que queremos ir y otro el duro camino que debemos recorrer. Si al comienzo ponemos demasiado alta la vara moral y, al estilo de E. Carrió, queremos resolver con ella cada una de las situaciones concretas, corremos el riesgo de que quienes comienzan a caminar desistan y arrojen la vara al fango. La comprensión -esa capacidad que forma parte del juramento hipocrático de los historiadores- también es una virtud del ciudadano, ética y útil a la vez.