DESTINO, FATALIDAD, CASUALIDAD…

Por Antonio LAS HERAS

 

Frecuentemente, escuchamos a la gente sostener que las dificultades o adversidades por las que les ha toca o les toca atravesar tienen su origen en asuntos tan abstractos como el “destino”, la “fatalidad” o la “casualidad”. Sin embargo, esto no es cierto. Claro está que el “destino” o la “fatalidad” aparecen magníficos en un poema de Jorge Luis Borges o en los cuentos de Edgar Allan Poe. Pero la vida real humana, es otra cosa. Sobre la “casualidad” ya se había expresado G. W. Leibniz – a quien Diderot llamó “una máquina de reflexión”, en pleno siglo XVIII, al afirmar: “Casualidad es el rótulo que damos a todas aquellas cosas cuyas causas ignoramos.”

Atribuir al “destino” o a la “fatalidad” las cosas que acontecen es una manera fácil y – por lo tanto – errónea de hacer a un lado las responsabilidades que nos caben como adultos. Los hechos no ocurren “por que sí.” Todo tiene una razón de ser. Quien sufre un leve dolor de muelas y en lugar de concurrir al odontólogo prefiere ingerir calmantes durante semanas, conseguirá, en un futuro cercano, perder una muela mientras se consigue una úlcera. No será “cosa del destino”, ni porque “estaba escrito”.

Lo que sucede es que, por lo habitual, la gente analiza los hechos de manera parcelada y con demasiada subjetividad.

La responsabilidad es el arte de hallar las respuestas necesarias para resolver problemas. Muchas veces tales respuestas llevan por caminos que preferiríamos evitar. Pero son necesarios para, en un futuro, construir lo que en verdad se desea. Hoy en día que la ciencia ha comprobado que la gran mayoría de las enfermedades (por no decir todas) son psicosomáticas, hasta los padecimientos físicos rara vez pueden atribuirse a un destino prefijado o una fatalidad inevitable. Un viejo proverbio sostiene que: “El cuerpo es el campo de batalla de la mente”.

Se nos puede observar la cuestión de las enfermedades genéticas; pero hasta éstas – en general – indican una predisposición y no un acontecimiento futuro inevitable. ¿Cuánta relación tiene todo esto con las ganas de vivir? ¿Cuánto existe en cada cosa que nos sucede con el uso de esquemas de pensamiento preconcebidos que llevan a decisiones equivocadas?

En muchas ocasiones, tras el desencadenamiento de un hecho desgraciado al que se califica de “fatalidad” oímos que la víctima sostiene: “¡Yo ya sabía que esto habría de ocurrir!” Y si, de alguna manera, pudo entreverlo ¿cómo es que no actuó buscando modificarlo?

Afortunadamente, los humanos – a diferencia de animales y vegetales – tenemos “libre albedrío”. Podemos cambiar cuantas veces sea necesario y variar la manera de pensar. Sobre todo esos “esquemas de pensamiento preconcebidos”.

Es frecuente cuando se ocupa un cargo directivo preguntar por qué tal o cual cosa se hace de tal modo. Y es habitual encontrar como respuesta: “Siempre se ha hecho así.” Pero, en verdad, ¿es la mejor forma de hacerlo? Estudiando el asunto se descubre que no. Pues bien, ¿por qué quien lo hacía no advirtió que lo hecho y repetido “por costumbre” convenía modificarlo? No es, claro, que lo hiciera a propósito, porque es una mala persona o para perjudicar a la empresa o la institución donde cumple funciones. No. Ninguna de estas son las verdaderas razones. La causa estriba en la dificultad para analizar una misma cuestión de diferentes modos. Una vida en armonía requiere reprogramar las formas de pensamiento con gran plasticidad y elasticidad. El mundo de hoy lo requiere más que nunca antes. Sólo hace medio siglo una persona podía utilizar los esquemas mentales de sus padres y aplicarlos con éxito en su vida personal. Hoy no es así. Recientes estudios hechos en los Estados Unidos ya demuestran, por ejemplo, que las generaciones que están naciendo actualmente deberán cambiar ya no de trabajo, sino directamente de profesión, entre tres y cinco veces a lo largo de su existencia.

Disolver prejuicios (esto es: juicios hechos a priori) y ser capaz de adelantarse a los acontecimientos aplicando el pensamiento racional así como la imaginación y la fantasía que son el origen de toda creación, constituyen la raíz de una vida plena. Sólo exige animarse a hacerlo.