Hacia fines de 2019, en el diario La Nación, Eduardo Fidanza y Claudio Jacquelin describieron correctamente la preocupación de ingeniero Marcelo Diamand, empresario y economista, por la característica pendular de la política económica argentina, entre un keynesianismo teñido de populismo y la ortodoxia liberal.

Fui secretario del Centro de Estudios de la Realidad Argentina, del que Diamand fue presidente,  y en el seno del cual elaboró su teoría. Y trabajé con él durante diez años como Director General de la Cámara Argentina de Industrias Electrónicas, en la que Marcelo integró la Comisión Directiva. En un momento en que está en marcha un nuevo cambio pendular, y está en duda cuan pronunciada puede ser la oscilación del péndulo, me parece oportuno profundizar algunos de sus conceptos.
No es lo mismo ser populista que ser keynesiano, aunque gobiernos populistas hayan recurrido a diagnósticos e instrumentos keynesianos. Tampoco son equivalentes la ortodoxia científica y la ideología liberal.

La economía es una ciencia. Los comportamientos que los economistas descubren en el mercado deben ser respetados como se respetan las leyes de la física. Respeto, sin embargo, no significa pasividad. Sin estar naturalmente dotados para volar, lo hacemos con mayor velocidad y a mayores distancias que cualquier ave. Conociendo los principios físicos involucrados, diseñamos aparatos aerodinámicos que nos permiten volar.

El populista confunde la ideología liberal que, como cualquier conjunto de ideas, es discutible, con las leyes del mercado. Las rechaza por igual y pretende modificar la realidad mediante actos de voluntad. Siguiendo con la metáfora aeronáutica, quiere volar derogando la ley de gravedad. El mercado reacciona implacablemente. Con el mismo criterio, podemos decir que el liberalismo extremo, generalmente conocido como libertario, renuncia a volar.

Economistas serios, sean catalogados como ortodoxos o keynesianos, en cambio, procuran modificar la realidad en pos de objetivos políticos, actuando como los ingenieros aeronáuticos. Mediante el uso correcto de incentivos y castigos se pueden lograr reacciones del mercado más afines con los objetivos perseguidos. La elección de los instrumentos dependerá en cada caso de las circunstancias.

Diamand era ingeniero. Diseñó la primera radio a transistores en América Latina. Y empresario. Como tal, a diferencia de algunos economistas teóricos, sabía que, si desconocía las leyes del mercado, quebraba. Él las respetaba tanto como las de la física. Nada más alejado de un populista.

John Maynard Keynes fue un gran economista y su pensamiento se tiene en cuenta en los países desarrollados en la fase recesiva del ciclo económico. Pero Diamand demostró que los instrumentos keynesianos no tienen la misma eficacia en la Argentina porque, antes de llegar al pleno empleo, se produce una crisis de balance de pagos.

Las soluciones ortodoxas, por su lado, tampoco logran los resultados deseados: las devaluaciones deprimen más la economía, y logran el equilibrio externo a través de la caída de las importaciones, cuando lo deseable es alcanzarlo mediante el aumento de las exportaciones. Y el endeudamiento externo posterga la crisis a costa de hipotecar el futuro.

Diamand había encontrado la explicación en la naturaleza desequilibrada de la economía argentina: un desequilibro causado por la excepcional productividad natural de la Pampa Húmeda, incrementado por su cercanía relativa a los más importantes puertos de exportación. Un tipo de cambio suficiente para el agro pampeano no es adecuado para la mayor parte de las actividades industriales y extractivas, las economías regionales y la producción de granos y carnes en zonas ubicadas fuera de la Pampa Húmeda. En consecuencia, librada la cotización del dólar al mercado, la mayor parte de los sectores de la economía argentina no exportan y dependen de la provisión de divisas lograda por el agro pampeano. El endeudamiento externo agrava el problema porque, mientras ingresan divisas de origen financiero, se deprime aún más el tipo de cambio. Y luego hacen falta más divisas para pagar los servicios de la deuda.

Gobiernos de distinta orientación política, civiles y militares, han procurado reiteradamente enfrentar este problema mediante devaluaciones compensadas con derechos de exportación. Generalmente conocidos como “retenciones”, son fáciles de instrumentar y generan importantes recursos fiscales.

Diamand opinaba que, a lo sumo, podían aplicarse transitoriamente. Sus efectos negativos son evidentes: recaudan sobre los volúmenes exportados pero deprimen el precio medido en moneda internacional de toda la producción. Y, al deprimir los precios, desalientan las inversiones que deberían incrementarla. Un empresario agropecuario que vende  sus productos a precios sustancialmente menores que los internacionales no tiene incentivos para adquirir fertilizantes, herbicidas, maquinaria y tecnología que generalmente en la Argentina tienen costos superiores a los internacionales.

Con motivo de la actual aplicación de retenciones, oí a un economista privado opinar que hubiese sido mejor gravar a los productores agropecuarios con una tasa mayor del impuesto a las ganancias. No estoy de acuerdo. No veo ninguna razón para que la labor empresarial de un agricultor sea gravada a una tasa mayor que la de un industrial o comerciante.

El único factor de la producción que Diamand sostenía que debía ser gravado de manera diferente es la tierra en la región pampeana. Por ello, siempre propició un impuesto a la tierra libre de mejoras, limitado a esa zona. De esa manera se “equilibraría” la estructura económica desequilibrada.

Se ha argumentado que el impuesto inmobiliario es de naturaleza provincial. Pero la Argentina tiene una gran experiencia en la aplicación de impuestos mediante acuerdos de las provincias con la Nación. Corresponde a los geógrafos la determinación de los límites de la Pampa Húmeda, pero no creo que incluya más de media docena de provincias. Un convenio entre ellas y la Nación podría ser un vehículo idóneo para implementar el impuesto a la tierra. Lo esencial es que se aplique un criterio uniforme, que tome en cuenta únicamente la productividad natural de la tierra y no las inversiones ya hechas o que los productores hagan en el futuro.

Evidentemente, se trata de un procedimiento más engorroso y complejo que la aplicación de retenciones. Pero es más justo. No desalienta las inversiones. Todo lo contrario, ya que el productor recibirá el valor pleno de lo que produzca. También evita que la burocracia discrimine entre productos agropecuarios, gravando, por ejemplo, más la soja que otros cultivos. Es mejor dejar que los productores decidan qué conviene más producir.

Un tipo de cambio alto permitiría abrir la economía argentina e integrarla al mundo. Cuando Diamand empezó a dedicarse a estudiar economía, el pensamiento industrialista estaba dominado por el desarrollismo frondizista. Se ponía énfasis en la industria pesada y la sustitución de importaciones. Él propiciaba una economía abierta con una industria más inclinada a exportar que un tipo de cambio sustancialmente mayor que el promedio histórico podía hacer posible.

Por último, conviene aclarar que Diamand nunca pensó que el impuesto a la tierra fuera la panacea. Sólo puede servir para equilibrar la estructura productiva desequilibrada. Logrado este objetivo, subsistirán todos los demás problemas que afectan la economía argentina pero se podrá aplicar en nuestro país el arsenal de instrumentos desarrollados por la ciencia económica sin tropezar recurrentemente con estrangulamientos en el sector externo.

por Carlos M. Regunaga

Académico Correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. cregunaga@clubdelprogreso.org