Por Luis Gregorich

El año 2016 nos depara muchos aniversarios. Aquí nos limitaremos a rendir un tributo a tres escritores que integran, sin discusión, el canon occidental.

Dos de ellos son el español Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y el inglés William Shakespeare (1564-1616). Recordaremos los 400 años de la muerte de ambos el 23 de abril (en que hasta se festeja el Día del Libro), aunque en realidad Shakespeare murió 10 días después, ya que Inglaterra seguía sin modificar el calendario juliano. No se conocieron personalmente; Cervantes no leyó nada de Shakespeare, mientras es probable que el inglés haya leído la primera parte del Quijote.

La vida de Cervantes fue agitada. Desempeñó oficios más bien ingratos: fue soldado en la armada española, resultó herido en la batalla de Lepanto y perdió la movilidad de su brazo izquierdo; más tarde pasó cinco años como prisionero en Argel y, una vez pagado su rescate, volvió a España, donde trabajó como recaudador de impuestos. Su obra principal, Don Quijote de la Mancha, se publicó en dos partes (1605 y 1615); empezó a escribir la primera estando encarcelado.

La importancia de esta monumental novela es difícil de medir. Su argumento provee la historia de don Alonso Quijano, un hidalgo manchego que, trastornado por la frecuentación de las novelas de caballería, se convierte él mismo en caballero andante, acompañado por el fiel escudero Sancho Panza y en busca de la equívoca imagen de la amada Dulcinea del Toboso, que en realidad es sólo Aldonza Lorenzo, una tosca campesina.

El libro creó dos personajes emblemáticos indestructibles: Don Quijote y Sancho. Desde el interior de la literatura, fue el primer gran logro de la narrativa realista, imitado pero nunca superado. Y, en cierto modo, ha terminado por ser una novela sobre los efectos de la lectura, con su negativa a someterse a las miserias de la vida cotidiana y del simple raciocinio.

Todos hemos leído páginas del Quijote, aunque fuera en versiones escolares o abreviadas. Tal vez el mejor homenaje, para estos cuatro siglos, sea que lo volvamos a leer completo. Nadie tenga miedo de aburrirse, porque el relato es apasionante. Y entre las muchas versiones que circulan, hay dos que puedo recomendar: la ya veterana de la Colección Hispánicos Planeta, preparada por un gran cervantino, Martín de Riquer, y la de tapa dura de la Real Academia Española, con prólogo de Mario Vargas Llosa, y con texto crítico y notas de Francisco Rico, otro gran especialista.

El segundo homenajeado de 2016 no pertenece a nuestra lengua, pero su universalidad es tan reconocida y notoria, y sus obras y personajes tan plenamente instalados en nuestra memoria y mitología personales, que casi podríamos decir que es aún más popular que Cervantes. William Shakespeare era inglés, y en vida nunca abandonó las islas británicas. No fue novelista, sino autor teatral y actor; sobre su vida personal hay pocas precisiones, salvo que nació y murió en Stratford-on-Avon.

La leyenda, largamente activa, de que el actor llamado William Shakespeare no escribió las obras que se le atribuyen y que éstas en realidad son de otra autoría (se menciona a Christopher Marlowe, al conde de Oxford, a Francis Bacon e incluso a un «sindicato» de cortesanos) no ha conseguido sostén documental alguno.

Nos guste o no, Shakespeare fue Shakespeare. Sus creaciones para la escena cortan en dos la historia del teatro europeo y, a su vez, se apoyan en dos rasgos característicos que las diferencian de todo lo demás. Está, en especial, lo que podríamos llamar la extraordinaria «fábrica de personajes», rubro en el que nadie se ha acercado al legado shakespeariano. Hamlet, Macbeth, el rey Lear, Shylock, Otelo, Yago, Falstaff, Romeo y Julieta, y Calibán son sólo algunos ejemplos de estos muñecos humanísimos que han sido traducidos, adaptados, convertidos en óperas o, a partir del siglo XX, llevados al cine y a la televisión, sin perder su carácter y verosimilitud.

Después, lo notable en Shakespeare resulta su uso del lenguaje, en que siempre se unen lo alto y lo bajo, en que el énfasis y la elevación del tono de un rey son usados con la misma habilidad y convicción que las rudas imprecaciones de un tabernero. La lengua inglesa se reestructura en sus obras.

Harold Bloom lo resume así: «Shakespeare permanecerá, aunque lo expulsen los académicos? Informa extensamente el lenguaje que hablamos, sus personajes principales se han convertido en nuestra mitología y es él, más que su involuntario seguidor Freud, nuestro psicólogo».

Para quien no se atreva a leer o a escuchar a Shakespeare en inglés (inténtese, al menos, con las versiones de Laurence Olivier), existen muchas y buenas traducciones al español. En las cercanías, mencionaré sólo las de los poetas chilenos Pablo Neruda y Nicanor Parra, y las de la poeta uruguaya Idea Vilariño. Merecen una mención especial las versiones de dos escritores y críticos argentinos, Rolando Costa Picazo y Carlos Gamerro, y, también en forma destacada, la colección de Shakespeare por escritores hispanohablantes dirigida por Marcelo Cohen. No olvidemos, asimismo, que en Buenos Aires se mueve y trabaja una activa Fundación Shakespeare.

Hablamos, al principio, de tres escritores canónicos homenajeados. El tercero es nuestro: Jorge Luis Borges, de cuya muerte se cumplirán 30 años el próximo 14 de junio, es quizás el escritor más moderno del siglo XX. Cierra un ciclo que sus compañeros de homenaje habían consolidado y presentado al mundo. En sus inigualables cuentos de Historia Universal de la infamiaFicciones y El Aleph, crea impecables estructuras narrativas que construyen y al mismo tiempo desarticulan las típicas ofertas de la literatura fantástica, con su conciso desarrollo, sus sorpresas finales y su rechazo de toda efusión sentimental. La forma y la brevedad, en estos cuentos que son en realidad una despedida al género narrativo, son esenciales; por eso Borges puede decir de cualquier novela (incluido el Quijote) que es imperfecta: porque «carece de forma».

Estaría bien aprovechar las tres décadas de ausencia de Borges para recordarlo y para incrementar su visibilidad y reconocimiento. Sea como fuere, y reuniendo a nuestros tres personajes canónicos, lo que proponen modestamente estas líneas es reavivar la fiesta compartida de la comunidad de lectores, que nos honra y a la que no queremos dejar de pertenecer.

 

 

Nota publicada por el matutino LA NACIÓN en su edición del 13 de febrero de 2016.