Muchos trabajos antropológicos del posmodernismo son obras de deconstrucción, es decir, textos que cuestionan, y a veces atacan, los supuestos que están en la base de lo que se habla. El concepto de “deconstrucción” lo inaugura Martín Heidegger, pero es Michel Foucault quien lo promueve como método de análisis bajo el término de “genealogía”. En parte, el proceso de deconstrucción de una idea permite una interpretación profundamente comprensiva. Puede ser la forma de conocer por qué algo es del tal modo, pero si no se reconoce la existencia de verdades absolutas, que originariamente, dan forma a las cosas, puede conducir a errores.

SER COMO NIÑOS

En uno de sus postulados alegóricos, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche enseña la figura del Camello, del León y del Niño. En el marco de su filosofía existencialista, en donde no existen reglas y no hay una esencia humana, el hombre debe salir a crear sentido para sí y el mundo. Con el Camello intenta representar al hombre que acepta lo impuesto y que carga con ello sin dudarlo. Con el León se muestra a aquel que no acepta las reglas dadas y que se rebela a ellas, pero que no tiene la creatividad suficiente para darse unas normas propias. Y, por último, con el Niño quiere representar al hombre que no sigue las reglas y que simplemente juega con el mundo para crear un sentido. Claramente el niño nietzscheano puede llegar a ser gravemente subjetivista, pero, si se para desde una filosofía realista y objetivista, puede llegar a ser sumamente reflexivo.

Siguiendo con la temática del infante, el niño, cuando comienza a conocer el mundo que lo rodea, se asombra. Reconoce la belleza que hay en las cosas, y quiere buscar respuestas. Por eso la “obstinación” del niño que puede preguntar “por qué” tantas veces sin aburrirse. También, en el proceso de aprendizaje, existe lo que Piaget llamó asimilación y acomodación. Entonces el niño, o, si se quiere, también quién está leyendo estas líneas, aprende ante la incomodidad, que luego de reconocerla, la internaliza.

Es así como una sociedad progresa. Una generación le trasmite cierto saber cultural a la que le sigue. Ahora, cabe preguntarse, ¿es siempre la generación más grande la que debe acomodarse a la más joven? ¿esto no irrumpiría esa transmisión de saberes? No siempre se tiene que adaptar el anciano o el adulto, pero es cierto que es quien debe amoldarse, en algunos casos, a los medios o modos utilizados por los más jóvenes para poder descubrir lo esencial y poder comunicarlo. Como así también los jóvenes deben poder reconocer ese mundo dado, ver lo esencial y mejorar lo accidental.

RESPONSABILIDAD GENERACIONAL

Es verdad que nuestros tiempos olvidan y ridiculizan ciertos valores necesarios para la sociedad, pero también introducen una práctica interesante, y aunque a riesgo de caer en el error, considero buena. Hoy el mundo se replantea los supuestos y busca la raíz de las cosas.

Se habla de la “deconstrucción” como la negación de todo hecho natural, una suerte de progreso que se realiza volviendo sobre los orígenes de las cosas para desnaturalizar los modos de ser impuestos o determinados históricamente por la cultura. Lo que proponemos es más bien una reflexión. En lugar de llegar a la respuesta caprichosa de que el hombre es dueño de la realidad -generando un subjetivismo extremo- reconocemos la existencia de una verdad y un bien objetivos y esenciales. Tomás de Aquino ya había demostrado que la existencia de Dios, que podemos entender como esa única Verdad y único Bien, es demostrable por el simple uso de la razón. Los demás bienes participan (no son) de ese Uno.
Aunque una acción o costumbre se fundamente en un valor, si éste no se hace conciente ¿no se estaría traicionando el fin? ¿no estaría ignorando su valor? La correcta reflexión sobre el sentido de las cosas, por más cotidianas que puedan llegar a ser, es lo que nos hace verdaderamente libres, y no meros seguidores doctrinarios. No por esto hay que denostar las doctrinas o rechazar la costumbre y la tradición. La reflexión puede llevarnos a concluir que esas acciones son correctas, pero el hecho de no planteárselo invisibiliza su valor y no pone en relieve el bien que representa, y, además, dificulta su comunicación.

Las generaciones anteriores se esforzaron por crear ciertas representaciones de sentido. Ahora, el deber de sus hijos y sus nietos es homenajearlos, y el modo de hacerlo es conociendo ese sentido. Buscar la raíz para entenderlo mejor. Al hacer las cosas solo por costumbre, se le quita su valor y se reduce a un simple “siempre fue así”.

Si nuestra reflexión nos muestra que determinada costumbre no es correcta para demostrar el valor que encierra, nuestro deber es perfeccionarla. El perfeccionamiento es responsabilidad del hombre. No hacerlo es traicionar la idea del Bien.

Por Juan Pablo Ialorenzi

La Prensa, 6 de febrero de 2020