Érase una vez  un hombre anciano que vivía aislado en las ruinas de un viejo monasterio. Había llevado una vida agitada, hasta que un día sintió el hastío y cayó en la cuenta de que para ser él mismo necesitaba el espacio de la reflexión en el silencio y consecuentemente  se apartó de la sociedad de los listos, pasando a engrosar la nómina de los anacoretas.

Contemplaba lo inconmensurable–aquello que está a nuestro alcance y no se le presta importancia–sumergiéndose en  la profundidad de su mente, desde el amanecer, cuando el sol comienza a dorar los campos convirtiendo los trigales en áureos, cantando la alborada el despertar de las avecillas del cielo, hasta que el manto de la noche le permitía ver los astros tintineantes que plagaban el firmamento. Había dejado atrás la filosofía de la tierra y apuntaba a la sapiencia inabarcable que reside a la vez en el microcosmos del hombre y en lo infinito del universo. La puerta a la trascendencia.

Un día acudió a visitarle un joven mundano para pedirle consejo.

  • Maestro, he escuchado decir de ti que eres un hombre sabio.

 

  • Sólo el necio se reconoce así. Si se quiere restaurar un edificio no basta dar una mano de pintura, sino que es necesario  raspar la piedra. Así el hombre. Para ese trabajo necesita estar a solas consigo mismo. Ya sabes en qué consiste mi sabiduría. En la plena observancia de la realidad.  Quien desee penetrar en  el conocer  debe acallar los mil ruidos que nos envuelven. Ahora, dime: ¿qué es lo que deseas?

 

  • Necesito encontrar el sentido de mi vida. ¿Qué puedo hacer?

 

  • Depende de la altura en la que sitúes tus ¿Hacia dónde apuntas?

 

  • Soy un hombre joven. Poseo riquezas, dispongo de poder y gozo de prestigio.

 

  • Todo depende del uso que le des. Has de ser libre respecto a lo que tienes. Tener sin ser tenido.

 

  • Todavía me falta algo. Me  pregunto la razón por la cual he sido arrojado al mundo sin haberlo pedido.

 

  • ¿Crees que la flecha que es un hombre proviene del arco que la precipitó a la vida?

 

  • ¿Me preguntas si procedo del azar o si soy fruto  de la causalidad?

 

  • Veo que además eres inteligente. Sí. Eso te demando.

 

  • Me gustaría conocer sin  meter el dedo en la llaga. Pero soy  racionalista y necesito ver.

 

  • Esa humana deducción te plantea dos conclusiones. Una, que lo que ves es el mundo tal cual es, con sus horrores y miserias, incluidas las propias. Si el  creer implica seguimiento, ¿merece la pena “creer” sólo en lo que se puede verificar? La otra, la nada como respuesta, pues si te preguntas el por qué de las cosas importantes, incluido el hombre, no hallarás la razón. ¡Y sin embargo, tú eres! ¿Puede  proceder lo que es de lo  que no es?

 

  • ¿Y por qué no he de ser  más bien producto de la nada?

 

  • ¿Acaso es el humo sin el fuego? La nada, nada responde. Y evidentemente, alguien que posee inteligencia no puede carecer de sentido. Proceder  de la nada y regresa a ella. ¿Podría la flecha   haber sido arrojada sin la complicidad del arco?

 

 

 

  •  ¿Y acaso el arco no necesita del brazo del  arquero?

 

 

  • ¿Y el arquero no ha de tener una razón para lanzar la flecha?

 

  • No lo sé.

 

  • Deduce, pues.

 

  • Entiendo que me hablas de si todo es accidental o tiene un fundamento.

 

  • Me guardo mis convicciones. No apelo aquí a ninguna certeza. Tan solo observa la naturaleza y a ti mismo. Presta tu atención al orden establecido. Contempla el  Hace 15000 millones de años no existía y aún hoy continúa expandiéndose, regido por unas leyes muy precisas. Si aumentásemos sólo un 1% la fuerza nuclear, los núcleos del hidrógeno no permanecerían libres y al no poder combinarse con los átomos de oxígeno no habría agua, indispensable para la vida. Pero, si esa fuerza disminuyese, la fusión se haría imposible y sin fusión no habría soles, ni energía, ni vida.  Mira ahora al hombre. Para que pueda surgir una molécula de ARN utilizable,  apelando al azar sería necesario multiplicar a ciegas los ensayos en un tiempo 100.000 veces más largo que la edad del Universo ¿Cómo entenderlo? Esto es lo que dice la propia Ciencia. Establece tú ahora si es la casualidad o la causalidad la que lo rige todo.

 

  • ¿Y para qué existimos?

 

  • Para responderte a esa pregunta deberás antes hacerte esta otra: ¿está el hombre acabado o es un  proyecto?  ¿Es la animalización o la humanización su destino? Si es lo primero ¿qué sentido tiene? Pero, si es lo segundo, entonces necesitará realizarse en el tiempo de su vida para conseguirlo.

 

  • Si dices que hay una causa primera, habré de suponer  su omnipotencia y bondad. Entonces, ¿por qué permite el mal? ¿No puede o no quiere?

 

  • El mal está ligado con la libertad. Si no existiese todo sería bueno, y, por tanto, innecesaria la elección. El hombre sería un producto manufacturado a costa de no disponer de autodeterminación. Y la libertad existe en función de que pueda optar libremente por el hombre que quiere ser. Si se conforma con lo que es en la actualidad o anhela trascenderse.

 

  • ¿Qué quieres decir con “trascenderse”?

 

  • Significa salir de los límites en los que está encerrado.  Trascendencia  es  el anhelo de  continuarse y no acabarse. La vida concluye con la muerte, pero la muerte ¿agota la existencia?

 

  • Mi razón no puede entender tus palabras.

 

  • Tampoco la mía. Se trata de una opción. Al llegar al borde del abismo sabes lo que dejas atrás y ante ti se abre el vacío. En ti está contentarte con lo que quedó tras tu arduo caminar y entregarte a ello o abrirte al riesgo de saltar.

 

  • ¿Elegir entre qué?

 

  • Entre lo que es y dejará de serlo, o el que dejando de ser, será.

 

 

  • Eso que dices implica una confianza radical. ¿Cómo obtenerla?

 

  • Es un don y como tal se puede estar abierto a él, pedirlo y esperarlo pacientemente.  Viene cuándo, cómo y dónde quiere. Pero has de estar predispuesto y atento.

 

  • ¿Cómo?

 

  • Justamente razonando las consecuencias de la elección. Y esa decisión pasa por la  del libre albedrío. No se trata de certeza, sino de una contingencia razonable. La vida es un riesgo que hemos de aceptar. Ante nosotros se abre la vida y la muerte. En ti está la alternativa. El ser o el no ser. Dite simplemente: no existe nada más que la evidencia. Es lo que tu inteligencia te grita. Pero la inteligencia no te vive, sino el instinto que trata de escapar de ese trágico destino que es la muerte. Para esto es el tiempo de la vida: para  elegir entre el sí y el no, pero consciente adónde conduce cada resolución. Una no te responde; la otra te abre a la esperanza.

 

Ahora ya  sabes por qué el arco arrojó tu flecha, si existes por azar o por creacionismo, y si es más razonable optar por la nada o arriesgar más allá. La decisión pasa por cada hombre. Ante ti se abre el camino de la elección. Quien no elige ya ha elegido. ¿Qué dices tú?