Por Alfredo Garrido (*)

Nació en Buenos Aires, el 16 de enero de 1900 y murió en Buenos Aires el 23 de febrero de 1967, a los 67 años de edad. Pepe Arias, por medio siglo despertó la sonrisa y la reflexión de millares de espectadores, como excelente actor y a la vez como un agudo observador de la realidad social y política que lo rodeó.                                                                                                                                                                        Fue el primer Stand Up argentino, nadie conoca el término, vale como ejemplo echar una mirada hacia la cartelera del teatro en 1932, para darse cuenta de lo relevante de su figura, a juzgar por los títulos estrenados por la compañía Argentina de Grandes Revistas, dirigida por Manuel Romero: «Adelante con los impuestos»; «Mejor están en Shangai»; «Gran remate nacional»; «¿Volverán las oscuras golondrinas?» y «Con Pepe Arias no hay más crisis». Las penurias del momento eran muchas y así lo reflejaban los cuadros puestos en escena. Un género, que casi a desaparecido del teatro y la tv en Argentina y no porque no existan noticias para recrearlo.  La política ha perdido su lado humorístico y eso es malo, porque no lo tuvo durante las dictaduras. Se formó al lado de nombres fundacionales del teatro nacional, como Luis Arata y Enrique Da Rosas, manejando a la perfección todos los recursos inherentes al sainete y al grotesco. Obtuvo el Premio Municipal como mejor actor dramático por su actuación en «Ovidio» en 1942. Fue pionero del cine sonoro en 1933 en la película “Tango” y filmó 24 películas, incluyendo las brillantes «Kilómetro 111″(1938), de Mario Soffici y «Fantasmas en Buenos Aires»(1943), de Enrique Santos Discépolo, “Mercado de abasto” (1954) con Tita Merello, hasta la póstuma «La señora del intendente»(1967), de Armando Bó,  al lado de Isabel Sarli. En radio triunfó con personajes hechos a su medida como el Maestro Ciruela, en una escuelita radial donde surgió, como discípulo en la ficción Tato Bores, posteriormente gran monologuista político como su mentor, pero con un discurso vertiginoso, antagónico al pausado y casi cansino de Pepe.                                                       Alejado de la televisión, a la que consideró «una hoguera espantosa que quema con la rapidez del rayo», fue astro indiscutido de las revistas del Maipo y El Nacional por largos períodos y fue prohibido entre 1952 y 1955, por la Raúl Apold, Subsecretario de Prensa y Difusión de Perón.

Después, Pepe descubrió Pinamar y allí pasó parte de sus últimos años, en paz y quietud, en su casa de la calle Burriquetas. El vasto conocimiento de la política en Argentina y su particular sensibilidad, le llevó a comentar amargamente en 1967, el año de su muerte, «Se vienen tiempos muy duros y tristes en la Argentina. Suerte que yo no voy a estar vivo para presenciarlos… Desde 1920 vengo haciendo revistas y nunca tuve grandes problemas. La broma política es uno de los elementos fundamentales de la revista porteña. Los autores dan la línea del asunto y uno rellena esas líneas. La política es un juego para caballeros. El público lo entendió siempre así, en lo gobiernos de Yrigoyen, Alvear, Uriburu, Justo, Ortiz y Castillo. Salvo un período donde las sátiras desaparecieron de los escenarios revisteriles. Aquellos gobernantes y dirigentes políticos sabían reír. Sabían que el humor convertía a la política en un juego y lo despojaban de la solemnidad y de la seriedad, que siempre son peligrosas. Porque la política es juego de caballeros, y quienes no son caballeros, no deben actuar en política» (1956). «El monólogo tiene una clave: es una especie de reportaje político; yo leo los titulares de los diarios y cuento las noticias en el escenario agregándole un comentario jocoso. Pero siempre hay que actualizar la información: un chiste político del jueves no hace reír el viernes».

 

 

(*) El autor es periodista, crítico de espectáculos, conductor de programas de radio y televisión. Fue director de Canal 9 TV