Casi tres millones de personas no son poca cosa. Es, claramente, la mayor catástrofe humanitaria en décadas. Son los refugiados que han debido huir de Siria para salvar sus vidas.

En su inmensa mayoría, se trata de personas sin militancia política, a las que la guerra civil -o tal vez con mayor precisión, “las guerras civiles”- han dejado sin hogar, provocado la muerte de seres queridos y la desaparición de cualquier posibilidad de subsistencia mediante sus trabajos cotidianos.

 

El polvorín comenzó a explotar cuando los chispazos de la primavera árabe comenzaron a rozar el régimen de los Assad, que durante décadas gobernó el país con mano de hierro.

 

Su reacción visceral fue desatar una represión hasta ese momento larvada, para convertirla en abierta y desmatizada. Su mayor expresión fueron los ataques a zonas rebeldes con armas químicas y gases venenosos.

 

La denuncia de los grupos opositores llegó a la escena internacional, provocando la reacción del gobierno de Estados Unidos -garante del Tratado de prohibición de armas químicas- a intimar a Assad el cese de su uso, intimación que este desoyó. El próximo paso sería la intervención de EEUU bombardeando las instalaciones militares sirias para inutilizar los arsenales de armas prohibidas.

 

La hipocresía “progresista” del mundo se encendió denunciando esta posibilidad como una nueva “intervención imperialista”. La opinión pública europea, y hasta Putin y el Papa condenaron esta posible acción, que tal vez hubiera frenado el horror y el bombardeo no se produjo. Assad siguió gaseando poblaciones sirias y alimentando la reacción de cada vez mayor cantidad de grupos rebeldes a su gobierno, de las identidades más diversas.

 

Esos grupos -kurdos, sunitas, yihdaístas cercanos a Al Qaeda -como Al Nusra-, y hasta pequeñas agrupaciones democráticas al estilo occidental-, con fuertes divergencias entre ellos, fueron ocupando distintas partes del territorio sirio y reduciendo al mínimo el territorio bajo control de Assad.

 

El caos es propicio para los pescadores de río revuelto y era inexorable que ocurriera lo que pasó. EEUU no bombardeó pero tampoco se desentendió, tanto por la presión de su opinión pública interna como por su imagen internacional y apoyó a los rebeldes con armas, instalando en el escenario internacional su reclamo de renuncia del gobierno de Assad y la apertura de un proceso de recambio democrático en Siria.

 

Assad, por su parte, recibió un apoyo cada vez mayor de Irán, a través de Hezbollah. Al país persa la presencia de un aliado shiíta en Siria le resulta fundamental como apoyo a su política expansionista en Líbano y como amenaza a su tradicional enemigo, Turquía. La eventual caída de Assad y la instauración en Siria de un gobierno sunita, por el contrario, no sólo le cortaría las alas sino que acercaría a sus fronteras la influencia sunita sostenida por Turquía y por su otro gran rival histórico, Arabia Saudita.

 

Rusia, por su parte, más que en la supervivencia de Assad está interesada en consolidar su presencia regional. La base naval de Tartus, en territorio sirio, es su único puerto militar abierto en aguas templadas. Y un eventual gobierno sunita en Siria acercaría a sus fronteras la amenaza Jihadista, que ha comenzado a insinuarse en su zona musulmana.

 

A USA, por su parte, nada le resulta más antifuncional a su perspectiva estratégica global que mantener su presencia en el Oriente Medio. Hoy su preocupación principal está en el Pacífico, donde se encuentra el espacio más denso de comercio mundial y donde necesita contener la expansión de su socio-rival del proceso globalizador, que es China. No necesita más el petróleo de la región porque alcanzó ya su autoabastecimiento energético con el gigantesco impulso a su generación de renovables, nuclear y fracking.

 

No tiene recursos para involucrarse como potencia hegemónica en los dos escenarios. Necesita irse del Medio Oriente. Eso lo llevó a presionar al máximo para lograr el acuerdo con Irán, aún frente a la oposición frontal de sus dos antiguos socios regionales, Israel y Arabia Saudita. Y en el caso de Siria, tolerar más que pasivamente que el papel hegemónico de policía regional lo asuma Putin, con limitaciones internas sustancialmente menores que las que le tolera su propia opinión pública que, además, está en año electoral.

 

Si un error provocó que una bomba norteamericana caída en un hospital de Afghanistán matara 19 civiles -entre ellos, voluntarios médicos norteamericanos- y generara un escándalo en la prensa, el Congreso y el propio Pentágono, ello no ocurre con los bombardeos rusos, que directamente borran del mapa ciudades enteras en manos rebeldes, con miles de muertos sin repercusión alguna.

 

La excusa es la “lucha contra ISIS”. En la realidad, no se diferencia entre unos u otros rebeldes: se masacra a todos. El drama de Alepo en estos días es una muestra angustiante: 70.000 habitantes huyen desesperados de la ciudad, pugnando por entrar a Turquía porque el sitio de las fuerzas de Assad y los bombardeos rusos anuncian que la ciudad será literalmente borrada del mapa.

 

Obama, por su parte, para no molestar la tarea de Putin, ni rozar a la sensible Turquía cuando surge el tema kurdo, ha reducido sustancialmente su ayuda militar a los rebeldes y aunque mantiene su reclamo de renuncia de Assad, ha reducido su nivel de exigencia tolerando en los hechos el resultado de la acción rusa y el fortalecimiento del gobierno genocida sirio que, como se ha probado por informes imparciales de inspectores de Naciones Unidas, sigue utilizando armas químicas y gases venenosos sobre población civil.

 

En otras palabras, una vez que ha logrado dejar relativamente despejado el tema que lo podría afectar -la proliferación de armas nucleares en Irán- ha dejado la tarea de “sheriff” regional a Putin, que actúa como sabe.

 

Nada dice sobre ésto el “progresismo” mundial, ni el Papa que un par de años antes se habían horrorizado ante la posibilidad que EEUU atacara  selectivamente los arsenales sirios de armas prohibidas. Aceptan en silencio los bombardeos rusos indiscriminados, los gases venenosos sobre no combatientes (que alcanzan, obviamente, a mujeres, ancianos y niños) y el sitio de ciudades a las que se impide la llegada de algo tan básico como alimentos matando, literalmente  de hambre, a miles de personas. Como no son realizados por Estados Unidos, la mirada humanista admite tolerancia y un aceptable relativismo moral.

 

¿Cinismo o “realpolitik”?

 

Los rebeldes sirios pueden sentir que Obama los “traicionó. En rigor, actuó según los intereses de su país, al que debe principal lealtad. Putin, ídem: Rusia avanza un escalón en la recuperación de su vieja hegemonía de tiempos soviéticos. También Irán, que considera sagrada su lucha contra el Islam “sunita”. Y Assad, que pelea salvajemente por su supervivencia. Todos, pactando y traicionando según las exigencias de la política real.

 

En realidad, entonces, es una muestra de las dos cosas, coronadas por la “exigencia” de la Unión Europea (450 millones de habitantes, 30.000 USD per capita, 800.000 refugiados hasta ahora) que mientras se rasga las vestiduras por la llegada de refugiados “para los que ya no tiene espacio” en sus 28 países y 4.800.000 km2, “exige” a Turquía (79 millones de habitantes, 9800 USD per capita, 2.500.000 refugiados en sus 783.000 km2) que mantenga sus fronteras abiertas a los desesperados que huyen de la matanza siria.

 

Pero -eso si-: que no se los mande a Europa.

 

Ricardo Lafferriere  
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