Por Daniel Gustavo Montamat  *  

 

La Argentina rica, la maldición cultural y la gobernabilidad peronista son creencias que es imperioso exorcizar.

Este año habrá elecciones generales para renovar mandatos en la Nación y en la mayoría de las provincias y municipios. El gobierno de Cambiemos, liderado por el presidente Macri, va camino a cumplir un mandato de gobierno y, si la ciudadanía lo convalida en las urnas, a renovar mandato por otros cuatro años. La culminación del mandato de gobierno de Macri en función de la herencia recibida y los sobresaltos económicos del último año es un nuevo hecho político sin precedente en los 35 años de vida de la democracia argentina. No olvidemos que desde muchos sectores se vaticinó y apostó a un final prematuro y traumático de la actual gestión y que muchos analistas políticos preciados de objetivos, extrapolando desenlaces del pasado reciente, sembraron dudas sobre la gobernabilidad del país.

El ánimo social argentino tiende a ser ciclotímico. Transcurren años de cierta euforia hasta que volvemos a ser rehenes del desencanto y la desilusión. Hay motivos, porque la declinación relativa de la Argentina en el concierto de las naciones es indisimulable, medida por cualquier indicador comparativo. Además, tampoco se puede disimular el crecimiento sistemático de la pobreza, la indigencia y la marginación.

En las depresiones del ánimo colectivo, como si la decadencia fuera inexorable, se retroalimentan mitos paralizantes. Aquellos que la sabiduría popular traduce como «es lo que hay» o «por algo será». Mitos que debemos y tenemos que desarraigar para empezar a plantear una alternativa superadora que nos devuelva la esperanza futura.

Hay tres mitos paralizantes de nuestro desarrollo económico y social: el mito de la Argentina rica, el mito de la maldición cultural y el mito de la gobernabilidad peronista.

En términos comparados, la Argentina fue rica a principios del siglo pasado; hoy no lo es, aunque lo sigamos declamando. La Argentina tiene una base importante de recursos naturales y tiene un capital humano con educación y entrenamientos razonables. Eso le da algunas ventajas comparadas relativas, pero no la hace rica.

La riqueza de un país, la que permite pagar salarios dignos y mejorar el nivel de vida de la población, depende de la productividad de los recursos humanos y del capital invertido. En el largo plazo, la productividad total de los factores está dada por la tecnología y la innovación, es decir, por el conocimiento. Los países que generan más valor agregado y pagan mejores salarios son los que más incorporan conocimiento a la materia prima. Es lo que los hace ricos.

Vamos a empezar a exorcizar el mito de que somos ricos cuando aprendamos a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades a partir de un ordenamiento fiscal y un nivel de gasto público consolidado que nos permitan sostener presupuestos plurianuales equilibrados o, mejor aún, superavitarios. Vivimos desde hace décadas por encima de nuestra riqueza relativa, lo que exacerba la puja distributiva y nos lleva a los barquinazos cíclicos que terminan con las explosiones periódicas de las cuentas públicas y externas. Peor, el mito de la Argentina rica paraliza el verdadero debate sobre la creación de riqueza y de nuevos empleos que demanda consensos básicos.

Hay rasgos contradictorios en nuestro bagaje cultural, pero la cultura no nos condena al subdesarrollo, como argumentan muchos pesimistas. Cuando prevalecen los rasgos que describe el maestro Enrique Santos Discépolo en la letra de su famoso tango, se arraiga el mito que nos convence de nuestra incapacidad de enmendarnos (nos asumimos incorregibles). El «todo es igual» de «Cambalache» se enanca en la cultura de la anomia, que abreva en el ancestral «se acata pero no se cumple» y es cómplice de la triste historia institucional del pasado siglo. Sin embargo, los argentinos también fuimos capaces de potenciar valores de progreso y contención social en el pasado y de sobreponernos al mito de la maldición cultural, que nos acompaña desde la génesis de nuestra historia. Después del Pacto de San Nicolás, en 1852, con el proyecto plasmado en la Constitución del 53, bastó una generación para convertir a la Argentina en un país de vanguardia en el mundo. Acemoglu y Robinson, en ¿Por qué fracasan las naciones?, plantean la sinergia institucional entre lo político y lo económico por encima de lo cultural («instituciones extractivas o inclusivas») como clave del éxito o del fracaso en los procesos de desarrollo y rechazan el determinismo cultural. Para superar el mito de la maldición cultural hay que profundizar los cambios institucionales que desarraiguen el populismo corporativo y la «democracia delegativa» y arraiguen la democracia republicana y el desarrollo inclusivo.

Desde el retorno de la democracia, el partido peronista, en sus variantes de izquierda y de derecha, ha gobernado más de las tres cuartas partes del período transcurrido. Casi todo argentino repite que no es posible gobernar con el peronismo en la oposición y que no hay alternativa de poder sin una «pata» peronista. El mito perjudica a los peronistas y a los no peronistas por igual; es decir, a todos los argentinos.

Los gobiernos justicialistas, obligados a corresponder su vocación de poder, encuentran en el mito la obligación de domar al «potro» sin reparar en los medios, lo que lleva a innovar en transgresiones institucionales que debilitan el sistema y condicionan la república (número de miembros de la Corte; «re-reelección»; candidaturas testimoniales; manipulación del Consejo de la Magistratura; decretos de necesidad y urgencia; leyes de emergencia con prórrogas permanentes; partidización de la Justicia; debilitamiento de los órganos de control, etcétera).

Pero la oposición aprovecha el mito de la gobernabilidad peronista para exculpar fracasos de gestión detrás de supuestas conspiraciones urdidas por los que nunca dejan gobernar. El sistema político cruje, crece la suspicacia social y, frente a la crisis, vuelve el «que se vayan todos».

No podemos seguir con barquinazos entre el «que se vayan todos» y el «vamos por todo». Urge institucionalizar la gobernabilidad de la Argentina en la alternancia republicana del poder. Y es el mito paralizante de la supuesta gobernabilidad peronista el que empieza a desvanecerse en el proceso electoral de este año. Si el presidente Macri completa su primer mandato y es reelegido para un segundo mandato, la idea de una democracia «delegativa» con una fuerza hegemónica que gobierna o no deja gobernar empezará a ceder espacio a la idea de una democracia plural de partidos con alternancia en el poder, donde la necesidad de acuerdos básicos para superar los mitos paralizantes se puede hacer realidad.

En el libro Cómo mueren las democracias, los profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt, preocupados por la erosión de muchas democracias jaqueadas por los populismos de izquierda y derecha, subrayan la importancia de la tolerancia y la contención política que deben dar al sistema fuerzas políticas consolidadas en la alternancia del poder. Nos recuerdan que los consensos más sólidos para forjar el futuro se construyen entre adversarios políticos tolerantes. «La democracia es un trabajo extenuante», sostienen.

Necesitamos un punto de inflexión en la Argentina decadente y entrampada en el corto plazo, necesitamos acuerdos básicos que traduzcan un nuevo proyecto argentino para el siglo XXI. Es tiempo de exorcizar los mitos de nuestra resignación.

*Doctor en Economía y en Derecho

GENTILEZA: lanacion.com