Por FEDERICO CAEIRO

River, Boca, el G20, el general y el espacio público. En una carta de agosto de 1820 dirigida a los cuyanos -recientemente donada por la familia Ponferrada al Archivo General de la Nación-, el general José de San Martín expresaba: …“les recomiendo por su bien que estrechen entre sí los vínculos de la unión y se fortifiquen en el concepto en que no existe sociedad donde no hay orden.” Pareciera que las hubiera escrito pensando en los tristes y vergonzosos sucesos del River – Boca. Hechos que también hubieran inspirado a Gabriel García Márquez. Como en Macondo, el pueblo ficticio de «Cien años de soledad», en Argentina también suceden fenómenos inexplicables. No me refiero a un diluvio repentino que dura años, una epidemia de insomnio, el nacimiento de personas con cola de cerdo o el vuelo de una preciosa dama (Remedios La Bella) que se eleva al cielo rodeada de mariposas, sino a contendores de basura que se prenden fuego solos, cirios pascuales en manos de inocentes que se transforman en amenazadores palos -para defenderse, jamás para agredir-, pacíficos manifestantes con sus caras tapadas para protegerse del sol que misteriosamente se convierten en bárbaros, bancos de plaza que se autodestruyen, anarquistas vestidos de negro que se infiltran en procesiones rogativas, piquetes que florecen doquier por generación espontánea, zonas misteriosamente liberadas, niñas portabengalas, anarquistas infiltrados entre hinchas, inadaptados que transforman pasión en agresión o piedras que vuelan sin que nadie las arroje -al colectivo que llevaba a los jugadores de Boca en este caso-. No es necesaria la frondosa imaginación del nobel colombiano para percibir lo que sucede en nuestro espacio público, en nuestra sociedad.

Años atrás en un artículo publicado en este diario, utilicé el concepto de “tierra de todos, tierra de nadie”, para describir lo que sucedía en nuestro espacio público. Hoy la situación ha involucionado y los amos y señores de lo público son personajes que hacen lo que les venga en gana ante la tolerancia de quienes debieran velar por lo que es de todos y no de unos pocos. Tolerancia que, en alguna medida, ha dado pie a situaciones como la vivida en River y otras tantas.

Los piquetes, el vandalismo, el correr a los policías o la agresión al ómnibus con futbolistas de Boca son caras de una misma. Lo sucedido no es más grave que lo que pasó en los alrededores del Congreso hace un año, cuando se trató la reforma previsional, pero por su trascendencia quizás sea una oportunidad para hacer lo necesario para “poner al país en otro lado”, al decir y sentir de nuestro señor presidente. El fondo que debíamos tocar para resurgir.

La política gradualista aplicada hasta ahora a resolver las cuestiones que se dirimen en nuestras calles tiene su razón de ser: se ha privilegiado el no despertar nuevos rencores ni favorecer la ruptura del tejido social, pero el entramado social desgraciadamente ya está roto. Para algunos impacientes esto puede aparecer como una señal de debilidad -principalmente para el electorado propio del actual gobierno-, pero no lo es. Lo sociedad toda tiene un problema complejo de resolver. Controlar estas cuestiones no es fácil, máxime cuando algunos pretenden la anarquía y deliberadamente buscan dañar a las instituciones.

Una inexplicable pasividad durante muchos años, una crisis económica real, necesidades básicas insatisfechas, poco apego a la ley de algunos, menos ganas de hacer cumplir la ley de otros, y otras cuestiones, muestran un entramado que no se desenmaraña de un día para otro. Se requieren tiempo, mano firme y sensibilidad social al mismo tiempo.

Debe ser propósito de la Argentina toda integrar el orden en su ADN. Un propósito no es sólo un objetivo que se pretende alcanzar, sino la determinación firme de hacer algo. He aquí el quid de la cuestión. Lo importante es la decisión política. Y llevarla a cabo con firmeza. El actual gobierno tiene autoridad moral suficiente para ordenar la protesta callejera -ninguno antes ha destinado más recursos a la asistencia social ni ha sido tan paciente con quienes agreden-. Pero cuando el diálogo no prospera y la protesta se transforma en delito, ha llegado el momento de que las autoridades empiecen a abandonar el gradualismo.

Sin dejar de reconocer necesidades y legítimos reclamos de algunos -no de los vándalos disfrazados de hinchas riverplatenses-, y si bien todos quienes actuamos en el espacio público somos responsables, es hora de salir de la zona de confort, asumir algún costo político extra y tomar el toro por las astas.

No faltará quien quiera mostrar la búsqueda de racionalidad en el espacio público como estigmatización de la pobreza, criminalización de la protesta social o cercenar la libertad de expresión, pero nada más alejado de la realidad. El piquete, la agresión a la policía o el ataque a futbolistas, no son formas de democracia directa, sino violentas acciones de facto que cercenan derechos de terceros. Seguir tolerando estas anómalas situaciones conlleva un riesgo enorme, ya que puede dar pie a enfrentamientos entre conciudadanos. Así, hechos aislados como el sucedido en la ciudad santafesina de San Lorenzo donde un camionero atropelló a un piquete de trabajadores de la CGT y mató a un afiliado al Sindicato de Único de la Vigilancia Privada, o lo sucedido en la plaza Independencia de Tucumán donde una mujer del Frente de Trabajadores del Interior murió tras ser atropellada por un taxista, pueden empezar a repetirse con asiduidad. El humor social tiene un límite y a muchos se les está acortando el quicio. Un impredecible coctel molotov. Está claro que la cura de esta sociedad enferma no pasa sólo por el orden al que refería el padre de la patria, pero lo sucedido en los aledaños del estadio de River debe ser un punto de inflexión. ¿Qué hubiera sucedido con los sesenta mil asistentes si la CONEMBOL decidía darle por perdido el partido a River, como lo hizo con Boca por un hecho parecido hace tres años?

“Quién nos da garantías de que mañana salgamos con vida de esa cancha” le dijo a La Nación un integrante de Boca con años en el club. Declaraciones que tienen mucho de chicana pero muestran el sentir de muchos argentinos cuando, por ejemplo, nos vemos involuntariamente sumergidos en un piquete y somos amenazados por caratapadas con amenazadores palos.

Momentum es un término latino empleado en la física para definir el producto entre la masa de un cuerpo y la velocidad. Lo usaba Isaac Newton para referirse a un cuerpo en movimiento. El físico inglés deseaba entender cómo los cuerpos superaban la inercia para lograr el momentum. Ha llegado, entonces, el momentum de poner fin a estas situaciones. Y también el momento.

Los hinchas de Boca y River son muestra palpable de una sociedad poliagrietada. El desafío del gobierno no es sólo solucionar los problemas económicos, sino estrechar los vínculos de la unión a los que refería San Martín.

Es necesario el orden en el espacio público para usufructo de todos y no de minorías violentas o prepotentes. Es imposible convivir en sociedad sin reglas. Y como a los niños, a los que hay que darles amor pero ponerles límites estrictos, a la sociedad hay que encauzarla. Mientras se piense que no todos deben cumplir la ley, que se considere “natural” permitir que cada cual haga lo que quiera, y que, por el contrario, señalar deberes y obligaciones, pretender un poco de orden o procurar la aplicación de la ley en los casos que así lo exigen, sea “políticamente incorrecto” ó “facho”, difícilmente las cosas cambien.

Esteban “Gringo” Castro, actual secretario de la CTEP -Confederación de trabajadores de la Economía Popular que nuclea unas 150.000 personas- asevera que “en la necesidad no podés pensar en qué es legal y qué no. No cortamos las calles porque sí, ni nos colgamos de la luz porque queremos, es la necesidad”. Discutible punto de vista.

Independientemente de que daño colateral de tolerar estas situaciones afecta a la imagen de nuestro país, el orden debe ser un compromiso ineludible. Vivir en una comunidad organizada, gestar una nueva institucionalidad, apostar a una convivencia cívica más ordenada donde todos cumplan las normas, como lo recomendaba el general San Martín, es imprescindible. La imagen de una “madre” colocando bengalas en la ropa de su hijo es una imagen icónica de la degradación de nuestra sociedad. Esa niña y millones de otras -y otros- deben ser el motor del cambio que nuestro país requiere desesperadamente. Por ahora, la historia nos tiene atrapados, aún estamos más cerca de nuestro pasado que de nuestro futuro y el camino del orden y el cambio cultural es un proceso largo, pero el único que nos llevará a una sociedad unida.

El G20 nos ilusionó con una Argentina distinta, donde un espacio público ordenado es posible. Reglas de juego claras y firmes marcando límites precisos, conversaciones previas como las mantenidas con representantes de la “Confluencia Fuera G20-FMI” o el espacio dado en los medios a quienes piensan distinto, nos muestran alternativas a explorar.

 

Federico Caeiro. *

 

*Ensayista Presidente de la Asociación Civil Iniciativa Espacio Público. Ex director general de la Comisión de Espacio Público de la Legislatura porteña. Segundo premio concurso Eduardo Mallea por su ensayo sobre usos del espacio público