Un cuento de Humberto Mercurio.

 

El astronauta había salido a cumplir una misión en su pequeña nave y retornaba de ella después de haber instalado en el planeta Sirgas la antena para futuras rutas automatizadas.

Volvía satisfecho y puesto que lo había hecho en menos tiempo del requerido miraba con curiosidad ese pequeño planeta que no figuraba en el mapa y que tanto le llamo la atención en su camino de ida. Decidió investigarlo.

Antes que pudiera siquiera advertirlo la nave aumento vertiginosamente la velocidad absorbida por el planeta. No podía frenarla. No entendía que pasaba. Percibió que se iba a estrellar y accionó el protector. En instante el estruendo del choque lo estremeció y se desmayó.

Cuando despertó, encontró la nave destrozada, pero la cabina resistió y salvo su vida. Quiso levantarse y el dolor lo obligo a sentarse, tenia el hombro destrozado, pronto noto que su pie derecho también.

Con el otro brazo trato de comunicarse por radio con la nave madre para que lo rescataran, pero un ruido ensordecedor le dio a entender que no funcionaba.

Estaba solo en un planeta desconocido y sin posibilidad de auxilio.

Intento abrir la puerta de salida pero no había aire exterior y la cerró para evitar la pérdida de oxígeno. Tenía reserva de oxígeno tal vez para un año.

La expectativa de morir solo en aquella soledad lo angustio y se puso a llorar.

Cuando llegó la noche era una piltrafa humana. No podía dormir sus ojos muy abierto miraba por la ventana el cielo poblado de brillantes estrellas. Se sintió morir en esas soledades.

Un pequeño ruido en lo alto de la cabina despertó su atención. Siguió un silencio interminable. Otra vez el ruidito raro. Se paró como pudo y hurgó entre los instrumentos destruidos. Y de pronto lo descubrió, un ratoncito blanco, de los que usaban para probar la atmósfera estaba ahí.

Primero se tuvieron recelo, pero después se hicieron grandes amigos. Al poco tiempo el ratoncito comía de su mano y los dos disfrutaban de la inesperada compañía. El astronauta revivió y le contaba al amiguito cosas de su vida como si lo entendiera y si lo entendía, así lo creyó el astronauta, por lo gestos que ponía, los pequeños y adorable chillidos, las muecas que hacía y que llegó a conocer al dedillo.

Y cuando fruncía la nariz y lo divertía tanto, y ya sabía que significaba –es hora de comer-. Y como jugaban, se le escondía en el bolsillo del traje y de pronto sacaba su cabecita y decía –aquí estoy-, bueno, así le parecía.

Y cuando llegaba la noche -en este planeta anochecía de golpe- el ratoncito se paraba en dos patitas, y decía -es hora de dormir-, y se ocultaba en su rinconcito, en lo alto de la cabina.

Una mañana tardaba mucho en levantarse, lo busco en su rinconcito y estaba muerto.

El llanto lo invadió por dentro cuando lo tomó entre sus manos, y murmuró «que haré ahora sin ti».

Un siglo más tarde encontraron los restos. El planeta estaba catalogado como peligroso por su alto contenido magnético. Lo que nunca se explicaron es que hacia el astronauta con la puerta de la cabina abierta y ese ratoncito apretado contra su pecho.